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La Dantesca Historia del ACE que Intentó Ser Alosexual

«Actualmente se estima que la orientación asexual describe al 1 % de la población. La asexualidad se define normalmente como la experiencia de no sentir atracción sexual por otras personas. Con menos frecuencia, se define como no valorar el sexo o la atracción sexual lo suficiente como para buscarlo.»
 
—Julie Sondra Decker, The Invisible Orientation.

 

I

 
Mi experiencia no fue bonita, quiero dejarlo claro desde el principio. A lo largo de mi juventud, tuve que pasar por diversas situaciones desagradables, dolorosas, oscuras y hasta enfermizas. En gran medida, estas situaciones estuvieron relacionadas con mi sexualidad, pero también con muchos otros factores.
 
Mi intención es narrar lo que viví a nivel interno e individual, principalmente, de modo que trataré de no hablar de las otras personas que estuvieron involucradas en la historia. Aun así, sé que esto último será difícil. Solo pido una cosa a quienes lean estas líneas: comprensión. Esta será una verdad parcial, pero no por ello menos cierta. Hablaré acerca de mis sentimientos y también de hechos objetivos, pero, en mi intento por dejar a otras personas fuera del discurso, habrá, necesariamente, algunas lagunas.
 
También quiero dejar claro que no tengo ningún trauma, a pesar de que sí los tuve, a causa de diversas situaciones, y no solo por «malas experiencias sexuales» o algo por el estilo. Tuve traumas sexuales, sí; pero también tuve traumas por otras cosas. Padecí de depresión varias veces, estrés postraumático, varios ataques de ansiedad y hasta disociación mental. Lo digo claramente: estuve al borde de la locura.
 
Pero aquí me encuentro. Y me encuentro muy bien.
 
No es cierto que sea ACE por mis traumas o porque «no encontré a la persona adecuada». Soy ACE de toda la vida. Pero estuve viviendo como alosexual durante muchos años, sin saber ni lo que me pasaba —porque me pasaban muchas cosas—, y eso, evidentemente, trajo sobre mí una pesada maldición. Por tanto, sé de lo que hablo, y lo hago con mucha lucidez, y también con sinceridad. Tengo una perspectiva amplia y clara de todo el camino recorrido, y es gracias a mi continuo trabajo personal. Nada más.
 
El único motivo por el que escribo esta historia es porque, a pesar de mis dudas, quiero sumar mi granito de arena experiencial a la amalgama que ya circula por internet. No estoy seguro de si mi vivencia particular es común o no, si más personas han pasado por algo parecido: no tengo ni idea. Sin embargo, pensar que mi caso es único y especial me resulta, sencillamente, absurdo. Somos muchos asexuales en este planeta. Por ello, creo que puede haber personas que se reconozcan en mi situación y, quizá, puedan adquirir algún conocimiento que les resulte de provecho.
 
Dicho esto, que dé comienzo el descenso.
 

II

 
Incluso la primera vez me sentí forzado. Presionado. Esa es la palabra. Pero no por ella, sino por otra cosa. En aquel momento, no podía saber lo que era.
 
Antes de eso, todo eran fantasías y compulsiones. Una excitación mal entendida y, en consecuencia, mal dirigida. Después, la compulsión se transformó en puro caos. Un oscuro vórtice que fue succionándome, poco a poco, sin que pudiera darme cuenta.
 
La exploración íntima había progresado de forma natural, convirtiéndose lentamente en algo habitual para nosotros. Ya habíamos explorado nuestros cuerpos. Entonces no existía la apropiación.
 
Me sentía relativamente cómodo así. No habría dado el siguiente paso si ella no lo hubiese pedido. Y cuando lo hizo, solo sentí una cosa: miedo.
 
No era la primera vez que me veía asediado por la angustia y el temor a este respecto. Tal y como lo recuerdo, desde sus primeras formulaciones, la idea de intimar físicamente con otra persona —hasta las últimas consecuencias— siempre se me presentó acompañada por las expectativas.
 
Cumplimiento. Obligación. Deber. Dichosas y escurridizas expectativas con origen y fin difusos.
 
Pero… ¿qué era lo que yo quería en realidad?
 
No quería nada, probablemente.
 
Por mi naturaleza empática o por mi educación —o por ambas cosas—, desde muy niño presenté una tendencia a anteponer los deseos de los demás a los propios, llegando incluso a sacrificar mis gustos personales y mis necesidades —e incluso a mi propia persona, directamente— si eso era necesario, siempre en pro de la satisfacción ajena.
 
En el ámbito íntimo no fue diferente.
 
Esto, entre otras cosas, me volvió muy dependiente —incluso a nivel insano— de la validación externa. No habría sido un problema en un mundo amable; por desgracia, no suele ser el caso.
 
Así pues, acabé cediendo, como en tantas otras cosas. Intenté postergar lo inevitable, como había estado haciendo hasta entonces, pero, finalmente, llegó el día.
 
La experiencia no me resultó satisfactoria en absoluto. Su vivencia fue prioritaria, mientras que la mía pasó a un segundo plano. Esto se repitió en las siguientes ocasiones y, naturalmente, se convirtió en la norma.
 
No es que ella tuviera malas intenciones, ni mucho menos; pero, con su actitud —que ya en aquel entonces mostraba indicios peligrosos—, siempre acababa conduciendo todas las situaciones a su terreno.
 
En las primeras ocasiones, nunca me encontraba a gusto. Me ponía muy nervioso. No sabía muy bien qué se esperaba de mí. Por ello, las presiones externas se convirtieron en mis guías. Y ella tampoco colaboraba.
 
También es cierto que, en aquella época, me callaba todo por miedo al rechazo, algo habitual para mí.
 
La cuestión es que nuestros encuentros íntimos —al menos, durante aquel período— nunca se desarrollaban —ni acababan— de forma satisfactoria en lo que a mí respecta.
 
Podría decir que no era consciente de lo que hacía, que actuaba por inercia, empujado por demasiados factores externos difíciles de controlar… y no sería del todo mentira. De hecho, esta podría ser la frase definitoria de gran parte de mi vida. Sin embargo, reconozco que —más por instinto que por raciocinio— supe desde el primer momento que aquello no era para mí.
 
Como dice Decker (2014): «la asexualidad tiene que ver con la atracción, no con la voluntad de participar en comportamientos sexuales.» Y en mi caso, no sentía atracción de ningún tipo por mi pareja, ni sexual ni romántica.
 
Sin embargo, a fuerza de repetición, desarrollé apego sexual, que es algo muy distinto. Sobre esto volveré más adelante.
 
En aquel momento, la decepción y la frustración anidaron en mí.
 
Estaba atrapado. No podía salir. No quería decepcionar a nadie… ¿Qué pensarían de mí?
 
Me sentía obligado a continuar lo que había empezado. Durante mucho tiempo, me convencí de que lo hacía por ella, de que todo era por su bien, pero…, si he de ser sincero, solo estaba alimentando mi ego y mi cobardía.
 
Si bien ya llevaba años comportándome como alguien que no era, en aquel entonces me desligué completamente de la realidad. Empecé a odiarme a mí mismo. No podía ni mirarme en el espejo: no me reconocía.
 
Había perdido el norte.
 
No recuerdo muy bien cómo evolucionó todo a partir de aquel momento. Creo que, a causa del apego sexual combinado con mi excitación incomprendida, llegué a convencerme de que el sexo «me gustaba»; o puede que ya estuviese convencido desde antes. Lo que sí recuerdo es que mi frustración —causada tanto por esta situación como por otros asuntos personales— se convirtió, poco a poco, en ira.
 
Mientras proyectaba mis sentimientos negativos hacia fuera, de algún modo, fui olvidándome de mí mismo. Ella se convirtió en mi centro, tanto en lo íntimo como en todo lo demás. Mi disfrute dependía por completo del suyo. Si bien es cierto que mi propia estimulación —salvo en ciertas ocasiones— me resulta indiferente, absurda y hasta desagradable, la situación seguía estando desbalanceada.
 
La consecuencia natural de esto fue que mis compulsiones, obsesiones y frustraciones comenzaron a manifestarse de forma cada vez más intensa y con mayor frecuencia.
 
El sexo, paradójicamente —aunque no tanto—, se convirtió en mi mayor fijación. Ahora que puedo analizarlo retrospectivamente, me doy cuenta de que la compulsión no era sino la forma en que mi cuerpo exteriorizaba, precisamente, la frustración, así como mis otras carencias emocionales. Era un mecanismo de liberación de ansiedad, como ocurre, por ejemplo, en el TOC. Yo no tengo TOC, pero mi comportamiento era, claramente, obsesivo y compulsivo, así como impulsivo.
 
Es sorprendente como los condicionamientos sociales —la educación, la cultura, etc.— llegan a controlar y dirigir tus pensamientos y conductas. Puedes pasarte la vida haciendo cosas que no quieres hacer, siendo alguien que no eres.
 
Habiendo nacido en un mundo alosexual, en un inicio serás incapaz de discernir la existencia de otras posibilidades. Es la pura definición del Samshara, la eterna rueda de renacimientos: tropezarás una y otra vez con la misma piedra, hasta que te des cuenta de tu error…, si es que lo haces.
 
En mi caso particular, la verdad es que siempre tuve una relación muy instrumental con el sexo, incluso con mi propia sexualidad. Nunca me pregunté para qué servía, por qué o para qué tenía que hacerlo, o si pasaba algo si prefería comer tarta, por ejemplo.
 
Estas son cuestiones que puedo plantearme ahora, pero no habría sido justo pedirle a un adolescente sensiblero y solitario que reflexionase sobre cosas que escapaban completamente a sus nociones de la realidad.
 
Si mi relación con el sexo ha sido instrumental, eso se debe a, principalmente, a que me resulta indiferente, aburrido y tedioso. No me aporta nada. Para mí, el sexo no tiene ninguna finalidad. Buscarle una falsa finalidad —verlo como algo teleológico, más allá de lo puramente biológico— era lo que me provocaba la compulsión.
 
Desmontada esta concepción errónea, todos los esquemas que había implantados en mi mente se vinieron abajo, permitiéndome ver y sentir quién soy realmente. Curiosamente, acabar con la teleología del sexo me permitió desarrollar una relación más sana y amable con mi sexualidad.
 
Esto no implica que, de repente, el sexo me resulte más revelador. Ocasionalmente, tengo excitación, sí; también puedo apreciar el atractivo de una persona, lo reconozco; en general, soy favorable al romance; pero el sexo no me interesa, y raramente me resulta agradable o satisfactorio. Me lo permito, si se da el caso, y no me juzgo por ello; pero nada más.
 
Esto me ocurre desde antes de mi relación, solo que no había tenido la oportunidad de pararme a analizarlo debidamente. No tengo ninguna patología. Sencillamente, no necesito el sexo en mi vida, y no me siento mal por ello. Prefiero que mis relaciones se basen en el respeto mutuo, la comprensión y la conexión profunda, emocional y mental, e incluso más allá. Como desarrollo en mis artículos sobre la Post-Sexualidad y la representación ACE en el cine, mi sueño friki —y no tanto— sería poder sintonizar mi ghost con el de otra persona, como en la saga Ghost in the Shell.
 
Por desgracia, aún necesitaría varios años de tortuosa relación para llegar a este punto. Cuando quise darme cuenta de que había caído en un pozo negro, ya era demasiado tarde.
 
Como he dicho antes, no hablaré en detalle sobre ella; basta con saber que, tristemente, eligió convertirse en un vórtice de perdición, tanto para sí misma como para mí. Estar con alguien así, evidentemente, me destrozó. La relación se convirtió en una pesadilla delirante en la que, de nuevo, el sexo —el último eslabón irrompible— persistía de forma patológica, casi cruel.
 
Ella usaba el sexo de forma tóxica; yo lo empleaba —instrumentalmente— para tratar de mantener unida la relación, con las consecuencias que eso me traía. En esencia, me estaba autodestruyendo reiteradamente por pura desesperación. Evidentemente, me traumaticé, como dije al principio.
 
Sin embargo, esta situación insostenible no podía durar eternamente; tampoco mis concepciones erróneas.
 
En un momento dado, incluso empecé a darme cuenta de que me incomodaba ver a personas sexualizándose a sí mismas —o a otros— en videos musicales. Sencillamente, quería escuchar música o ver un videoclip, no sexo gratuito. Mi pareja no era de la misma opinión que yo —le parecía muy bien, de hecho—, y esto nos trajo más de una discusión.
 
A raíz de esta situación, me percaté de que los anuncios publicitarios y, en general, cualquier acto de sexualización o de gratuidad sexual en la gente me resultaba incómodo y hasta desagradable. En el cine o en las series —o en cualquier medio artístico— esto no me suele ocurrir tan a menudo, siempre y cuando la escena tenga lógica dentro del guión o de la composición de la obra, en general.
 
Personalmente, creo que es humillante reducir el cuerpo de una persona a una mera cosa sexual. Pienso que los seres humanos somos mucho más que eso: el sexo no es el centro de nada, y no tiene por qué serlo forzosamente.
 

III

 
He mencionado varias veces la excitación y el apego sexual. Creo que este punto necesita clarificación, porque es muy fácil confundirse. Intuyo que hay mucha gente malinterpretando —o desconociendo— los términos, como era mi caso.
 
«Algunas personas malinterpretan la apreciación estética, la atracción romántica o la excitación sexual (sexual arousal) como atracción sexual (sexual attraction), solo para darse cuenta más tarde de que son asexuales» (Decker, 2014).
 
Exáctamente lo que me pasó a mí.
 
«El deseo sexual, a menudo denominado libido o impulso sexual, es la experiencia subjetiva de desear o ansiar la actividad sexual. Se trata de un fenómeno psicológico influenciado por una combinación de factores biológicos, psicológicos y socioculturales. El deseo sexual puede variar en intensidad y puede dirigirse hacia una persona específica (deseo hacia la pareja) o hacia un abanico más amplio de parejas potenciales (deseo hacia personas ajenas a la pareja).
»Por otro lado, la excitación sexual se refiere a las respuestas fisiológicas y psicológicas que se producen cuando una persona es estimulada sexualmente. Estas respuestas pueden incluir aumento del ritmo cardíaco, flujo sanguíneo a los genitales, lubricación genital y erección del pene. La excitación sexual se considera a menudo un precursor de la actividad sexual y está estrechamente relacionada con el deseo sexual. También puede haber un mayor grado de sensibilidad en otras zonas de nuestro cuerpo.» (Cordero, 2025).

Estos términos se suelen mezclar y confundir bastante. El principal problema es que las definiciones no son claras o, en ocasiones, pueden llegar a ser confusa o erróneas, debido a que muchas personas las mezclan, no las entienden o las interpretan mal, incluso personas ACE experimentadas. 

Resulta fundamental, en primer lugar, hacernos conscientes de que podemos estar utilizando un lenguaje erróneo alosexual, en nuestro caso— para definir estos términos o las propias etiquetas ACE. 

En resumen: 

  • la excitación sexual es el conjunto de reacciones fisiológicas automáticas, sin dirección ni causa definidas y con frecuencia e intensidad variables;
  • el deseo sexual es la intencionalidad o impulso de llevar a cabo el acto sexual con uno mismo o con otra persona (aunque a veces se define de otras formas, como frecuencia o intensidad de la excitación, pero esto es poco exacto), y aparece después de la excitación;
  • y, por último, la atracción sexual sería el foco, la dirección, la concreción del deseo en una persona que despierta el interés o con quien se quiere llevar a cabo el acto sexual.

Por otra parte, el apego sexual puede definirse como el desarrollo o fortalecimiento del vínculo entre dos personas después de la actividad sexual, provocado, entre otras cosas, por la interacción hormonal y los ajustes neurológicos y psicológicos que esto conlleva. El apego sexual se fortalecerá si la experiencia se repite entre las mismas personas y, en cierta medida, creará dependencia emocional.
 
Es decir, que una persona asexual podría desarrollar apego sexual hacia su pareja —si tienen sexo de forma recurrente, evidentemente—, a pesar de no tener atracción o deseo sexual.
 
En mi caso particular, como ya he mencionado, tengo excitación (sexual arousal) ocasionalmente, pero, una vez fuera de la relación, me di cuenta de que mi deseo sexual y mi "atracción sexual", al volver a su estado natural, por así decirlo, se hacían prácticamente nulos o difusos.
 
Por una buena temporada, esto me tuvo bastante confundido, ya que no entendía cómo podía haber sentido algo así y luego ya no. Entonces, empecé a plantearme algo: antes de mi relación, a pesar de tener la excitación descontrolada a causa de las hormonas adolescentes y de que había chicas que me gustaban… ¿realmente había sentido deseo sexual o atracción por alguna de ellas?
 
Mi única respuesta fue: no lo sé.
 
No podía dar una negativa rotunda. Pero tampoco podía afirmarlo con seguridad, y menos desde mi estado actual.

Por otra parte, me percaté de que cada vez que me había enamorado de alguien a lo largo de mi vida, no había sentido necesariamente nada sexual por la persona en cuestión. De hecho, esto se confirmó en una experiencia que tuve tiempo después de terminar mi relación: me enamoré muy intensamente de una chica, pero no sentí absolutamente nada sexual por ella. Era amor; no atracción sexual ni deseo sexual. Justo lo que me pasaba antes de enfrascarme en mi relación.
 
Tras mucho pensar, lo único que pude asegurar es que había desarrollado un apego sexual y una dependencia insanas y patológicas hacia mi expareja. Lo cual no dejó de sorprenderme, ya que, como dije antes, al principio de la relación ella no me atraía. Fue más tarde, después del sexo, cuando empecé a «sentir» algo por ella.
 
Mi única conclusión posible es que confundí totalmente mi excitación sexual natural con el apego sexual tóxico, convenciéndome incluso de que era amor…
 
Pero eso que sentía no era amor.
 

IV

 
Como ya he anticipado, tras una larga serie de insanas y penosas experiencias, decidí terminar la relación por mi propio bien, ya que mi salud se estaba viendo gravemente perjudicada a nivel físico y mental.
 
Ya en libertad, mis implantes mentales siguieron manifestándose y controlándome en gran medida durante los siguientes años. Por tanto, aún no era libre en realidad.
 
Por un lado, desarrollé temporalmente una cierta aversión por el sexo, provocada, en este caso, por mis experiencias —como ya he dicho, esto lo superé—; por otro lado, al mismo tiempo —y con evidente correlación—, mi relación con el sexo y mi sexualidad se volvió aún más instrumental, casi maquinal.
 
Aquí me refiero, principalmente, a prácticas solo-sex, ya que, dada mi naturaleza personal, me resulta imposible intimar físicamente con personas desconocidas. Siguiendo mis condicionamientos, lo intenté varias veces…
 
En todas las ocasiones, el resultado fue el mismo: fracaso total.
 
La dantesca historia de un increíble ACE intentando ser alosexual a toda costa.
 
Estos encuentros raros a través de apps de citas, al contrario de lo que se pudiera pensar, me ayudaron a darme cuenta —casi por la fuerza— de que ese, ciertamente, no era mi camino. La mayor parte de las veladas fueron poco agradables. La última, curiosamente, no lo fue.
 
La chica, que era muy amable, se dio cuenta de que me pasaba algo —quería que me tragara la tierra, literalmente— y, por acuerdo mutuo, en vez de sexo, tuvimos una larga charla en la que compartimos impresiones. Era justo lo que necesitaba.
 
Fue muy gratificante, la verdad. Aquella velada, por infrecuente y extraña que fuese, me dejó una buena sensación. Confirmé cosas que ya sabía, empecé a plantearme otras y, sobre todo, me quité mucha presión de encima.
 
A partir de aquí, y gracias a mi continuo trabajo de mejora personal, empecé a asimilar que, como ya resultaba más que evidente, algo no andaba bien conmigo en el plano sexual.
 
La meditación rigurosa y continua fue de gran ayuda para desmontar todos los constructos que habían anidado en mi cerebro durante más de dos décadas, así como para desarrollar la visión imparcial que me permitió ver las cosas con claridad. Fueron dos años de trabajo constante.
 
Finalmente, me di cuenta de algo fundamental: el sexo no me interesa en absoluto.
 
Spoiler.
 

V

 
Quiero hacer otro breve inciso, a modo de argumento contra todos los listillos y «expertos» que emplean la evolución, la selección natural o la selección sexual para desacreditar las vivencias de las personas asexuales.
 
Solo dos cosas.
 
En primer lugar: soy antropólogo evolutivo, así que sé de lo que hablo.
 
En segundo lugar: si algo existe, eso es, precisamente, porque la selección natural lo ha permitido, de modo que no es una desventaja para la supervivencia ni necesariamente una patología.
 
Está científicamente demostrado que la homosexualidad/bisexualidad tiene una base y una función biológicas en pro de la supervivencia de las especies. Lo mismo podría decirse de la asexualidad.
 
Por definición, el ser humano es una especie hipersocial, cooperativa y altruista; pero no solo eso: también somos una especie sociosexual. Es decir, que utilizamos nuestra sexualidad para socializar y crear vínculos, y no solo para reproducirnos. Los bonobos y otros primates hacen lo mismo.
 
Esto quiere decir que las personas ACE, en base a nuestra orientación sexual, nos relacionamos de una forma, mientras que los alosexuales lo hacen de otra. Así de sencillo. Y sigue siendo un comportamiento sociosexual.
 
Además, el hecho de que una persona no tenga deseo sexual o no quiera tener sexo, no implica necesariamente que sea sexualmente disfuncional o que otras personas no puedan verla atractiva. Hay personas ACE que tienen hijos, pero no por ello el sexo les resulta más interesante o agradable.
 
En cualquier caso, es evidente que la asexualidad es una ventaja evolutiva, ya que, a falta de distracciones absurdas, podemos dedicar el tiempo a hacer cosas más interesantes, como dominar el mundo, por ejemplo.
 

VI

 
Mis primeros acercamientos a la comunidad ACE fueron por internet. Más tarde, a través de varios grupos de Facebook. El proceso fue lento y natural: no buscaba nada en particular; simplemente, se produjo la sintonía.
 
Pasé muchos meses investigando, digiriendo, integrando…, hasta que un día tuve una especie de epifanía, un «Satori ACE», podríamos decir. Fue como si, de repente, desapareciesen totalmente los barrotes de mi mente, permitiendo así que mi cuerpo se reapropiase de sí mismo.
 
Fue entonces cuando lo supe: soy muy ACE.
 
Tiempo después, me topé con los foros de AVEN, de los que ahora soy asiduo. También empecé a frecuentar de forma más habitual aplicaciones para conocer gente asexual.
 
He de decir que la comunidad ACE es muy agradable y amistosa. Desde el primer momento, aunque nadie me dijera nada en particular, me sentí muy arropado y aceptado. Nunca me había sentido perteneciente a ninguna comunidad. Fue sintonía natural.

A pesar de todo, la tríada maléfica excitación-deseo-atracción siguió dándome dolor de cabeza durante bastante tiempo. De forma provisional, me identifiqué como Aceflexible y, más tarde, como ACE-Gris. Sin embargo, había algo que no me terminaba de cuadrar.

Para salir del bucle de intelectualismos, definiciones y etiquetas, decidí escribir una lista de afirmaciones y reflexiones acerca de mis sentimientos y sensaciones relacionadas con el sexo (algo que recomiendo hacer a todo el mundo; sobre todo, a aquellas personas que tengan dudas o estén confusas). Al hacerlo, me di cuenta de que mi problema no era identitario, sino terminológico.

Me hice la siguiente pregunta:

¿sentir excitación automática leve, mezclada con incomodidad y algo de ansiedad, al ver o percibir ciertos caracteres o rasgos sexuales en otras personas... es lo mismo que sentir atracción sexual?

Y la respuesta, honestamente, es NO.

Al principio, pensaba que esta pregunta era disociar demasiado. Sin embargo, me di cuenta de que, como he dicho antes, el problema era que estaba intentando definir mis sensaciones utilizando terminología típicamente alosexual: «si siento algo físico al observar a una persona, debe ser atracción sexual...»

Pero no es el caso. Lo que siento es una "atracción difusa" y sin personalizar: son ciertos rasgos de las personas los que activan de forma automática mi cuerpo —produciéndome incomodidad y una vaga ansiedad al mismo tiempo, pero las personas como tal no me interesan sexualmente. 

En mi persona, la excitación, el deseo y la atracción están completamente disociados de forma natural. Esto, combinado con una evidente falta de terminología adecuada, me estaba confundiendo, llevándome incluso a dudar de mí mismo.

Pero la cuestión está muy clara:

  • No quiero tener sexo con nadie.
  • No quiero tener sexo conmigo mismo. A veces lo hago para que mi cuerpo deje de molestarme.
  • El acto sexual no me aporta nada. En general, me resulta indiferente e incluso aversivo, ya que las sensaciones físicas que produce no me acaban de gustar. No me compensa en absoluto.
  • El sexo me interesa a nivel intelectual, como fenómeno antropológico, pero no como algo que personalmente quiera incluir en mi vida, ni si quiera en mi vida romántica.
  • Siempre que me he enamorado, ha sido de forma romántica, no sexual.
 
Mi experiencia, definida mediante etiquetas alosexuales, aparentaba cruzar la Graysexualidad y hasta la Demisexualidad. Como comenté, solía identificarme como Asexual Flexible (Aceflexible) o Ace-Gris. Sin embargo, esto no encajaba conmigo realmente.

Soy Asexual. A veces me identifico así o, simplemente, como ACE. Y estoy muy orgulloso de serlo. Siento que me he quitado un enorme peso de encima.
 
Sencillamente, no tengo por qué hacer cosas que no quiero hacer.
 
La sombra alosexual no podrá impedir por siempre nuestra libertad.
 
Y la libertad consiste, esencialmente, en ser fiel a uno mismo.


Firma:
Sangue Shi
Redactor Jefe de la Revista Loto Negro
Editor Jefe de Sangue Shi Ediciones
Administrador de ACE Post-Sexuality

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