Frío, lluvia y destrucción sonora.
Frío mortal. La
humedad cala hasta los huesos.
Por ahora, la cola no
es muy larga: habrá unas cuarenta o cincuenta personas, como mucho.
Son las 16:45. La
apertura de puertas será a las 17:30. Creo que he llegado demasiado pronto…
Mientras espero a que
llegue la hora, me entretengo observando los edificios medio ocultos por la
niebla, el cielo gris y la lluvia que cae sin cesar.
Por suerte, aquí,
bajo el largo techado que precede a la entrada de la Sala Wagon (o Lab Club), estamos
al resguardo del aguacero.
La verdad es que no
sabía si iba a encontrar el lugar, ya que las indicaciones que hay por internet
no son demasiado precisas. Sin embargo, no era tan difícil.
Se puede coger el
metro o el tren hasta la estación de Chamartín, por ejemplo. Si se ha optado por el metro, hay que subir hasta donde están los torniquetes y cruzarlos para entrar
a la zona de Cercanías.
Siguiendo por el
pasillo que queda a la derecha del Café Chamartín, habrá que subir el primer
tramo de escaleras mecánicas y luego salir a la calle. A partir de aquí, solo
hay que seguir caminando todo recto por debajo del scalextric y luego por la
acera de la izquierda.
A la izquierda queda la
estación de Chamartín. Un muro con vallas rojas se alza por este lado. Finalmente,
el muro blanco se transforma en un amplio portal cuadrado, custodiado por una
valla grisácea. Sobre el portal pueden leerse las palabras “Agustín de Foxá 40”.
Tras cruzar el
umbral, te topas con unas escaleras mecánicas. Hay que subir los dos tramos y,
finalmente, adentrarse en una penumbrosa explanada. Un amplio techado cubre la
mayor parte de la zona, salvo la zona central.
Nada más entrar, te
topas de frente con una columna, adornada con un letrero grande de color negro
en el que pueden leerse las indicaciones pertinentes para encontrar la sala.
Solo hay que caminar
de frente y cruzar la explanada hasta el otro lado, abandonando por un momento
la protección del primer techado. Una especie de pasarela cruza de un lado a
otro, funcionando como cubierta para la entrada de la sala, a la derecha.
Aquí me encuentro,
observando a los metaleros que van llegando poco a poco.
Hay un poco de todo. La
edad media de los asistentes rondará entre los 25 y 35 años, pero también se ven
caras curtidas de 40 o 50, e incluso de 60 o más. Melenas, babas, chupas de
cuero, alguna cresta y…, sobre todo, buen rollo.
Estoy a punto de
congelarme. Empieza a dolerme la espalda, así que empiezo a estirarme, a
encogerme y a dar saltitos para que mi cuerpo no se quede agarrotado.
Escucho al chaval que
hay detrás de mí. Dice que se ha venido desde Alicante, donde estaban a 20 ºC,
y que solo se ha traído una camiseta de manga corta y la chaqueta. Le
compadezco.
De repente, la cola
se ha duplicado o…, más bien, se ha doblado. Me asomo, pero no veo hasta donde
llega. En algún punto, gira y se extiende en paralelo por nuestra izquierda,
llegando casi hasta la entrada del local. No es raro, ya que se han vendido
todas las entradas, pero sorprende.
Pasadas las 17:30, abren
el acceso y la cola empieza a moverse. Me preparo para sacarme todo lo que
llevo encima, pero, para mi sorpresa, no nos registran. La chica pasa el lector
por la pantalla de mi móvil para leer el QR y me da la bienvenida.
Entro en la sala,
quedándome bastante sorprendido por el tamaño que tiene. Distintos focos de
colores rompen la oscuridad. A los lados, se extienden unas zonas con mesas y
sillones. En los extremos, incrustados en las paredes, destacan tres o cuatro
bares. En general, el aspecto del lugar es agradable, cuidado y limpio.
Dirijo la mirada
hacia el fondo: el escenario ya ha sido rodeado por la primera avanzadilla de
metaleros. Por un momento, estoy tentado de sentarme en uno de los sillones.
Sin embargo, veo que, en la zona delantera, bastante cerca del escenario, hay
unas barras de aluminio o algo parecido. Me acerco. Se supone que son para acodarse
sobre ellas, pero veo factible usarlas como asiento.
Me siento sobre la
estructura de aluminio de la derecha; a la izquierda, a unos veinte metros de
mí, hay otra. Puedo apoyar la espalda y hasta recostarme, así que no me puedo
quejar.
Al rato, varias
personas tienen la misma idea que yo. Un hombre de unos 60 años se sienta en el
extremo de la derecha de la barra, pero, pasados unos minutos, se aburre y se
marcha. Poco después, una pareja se acerca, situándose a mi izquierda; se
quedan de pie, pero barajan la opción de sentarse en algún momento, así que les dejo un hueco. A mi derecha se sienta una chica, que viene acompañada por un
tipo melenudo y con barba, otro melenudo y una chica que lleva una gorra y una
camiseta con las letras “Death Metal” en la espalda.
Ya casi son las
18:00; se acerca la hora. Al parecer, los primeros en tocar serán los de Textures;
después, vendrán los de Unprocessed; y, finalmente, Jinjer.
Debo reconocer que no
he escuchado nada de Textures ni de Unprocessed. Me he pasado las últimas dos
semanas intentando escucharme todos los discos de Jinjer, y casi no he tenido
tiempo.
En algún momento,
escucho a alguien diciendo que unos son de Suecia y los otros de Alemania.
¿Será verdad?
(En realidad,
Textures es de Países Bajos)
Por fin empieza el
concierto. La música de fondo cesa. Me levanto, expectante. La gente,
entusiasmada, aclama a los músicos, que hacen su aparición desde las sombras.
Textures viene con
potencia, un ritmo más bien constante y riffs energéticos. El teclado
favorece esta especie de aura de poder que desprenden. El cantante, con su voz
rasgada y sus guturales, expresa muy bien este sentimiento que define a la
banda. Una especie de mezcla entre metalcore y un poco de power metal.
Me sorprenden para
bien.
Al principio, parece
que la gente tarda un poco en calentarse. Sin embargo, en apenas dos canciones,
todo el mundo se anima.
En un momento dado,
aparece un técnico que se pone a probar los tres micros: “Chek: one, two”,
repite; “Check: one, two.” La gente empieza a aclamarle y a aplaudir, pero él sigue
a lo suyo. Nos echamos unas risas.
Vuelve a pasar algo
parecido cuando un tipo empieza a probar la batería (en el centro, bajo la
batería de Jinjer, que está en un alto y cubierta por una sábana). Lo curioso
es que este tipo no era un cualquiera, sino el batería de Unprocessed, solo que
nadie lo reconoció.
Tras algunas pruebas
más, se hace el silencio de nuevo. Me levanto. La oscuridad no dura mucho.
De entre una amalgama
de sonidos electrónicos y voces digitalizadas, aparecen los cuatro chavales de
Unprocessed, destruyéndonos con su brutalidad sin paliativos.
Por un momento, no sé
qué está pasando. Solo sé que es algo extraño y que mi cerebro aún está
procesando si le gusta o no.
Tras varias
canciones, soy capaz de confirmar que me gusta y que… ¡son buenos! Son muy
buenos. Tienen una frescura peculiar, una combinación entre metalcore bestial,
melodías suaves, sentimentales, y ese toque electrónico alemán que es marca de
la casa.
No puedo dejar de
observar al bajista y al cantante principal, que se intercalan para hacer las
voces limpias, esos guturales descarnados y hasta el rapeo.
Me quedo sin
palabras.
En algún momento, un vaso sale rodando por el suelo y acaba entre mis pies.
Creo que no hace
falta que explique la calidad musical de Jinjer. Solo diré que su mezcla de groove
progresivo y djent en directo es perfecta, igual que en disco o mejor. Los
músicos son increíbles. Y Tatiana, con su vozarrón, no necesita presentación
ninguna.
Firma:
Sangue Shi
Redactor Jefe de la Revista Loto Negro
Editor Jefe de Sangue Shi Ediciones
Administrador de ACE Post-Sexuality





Comentarios
Publicar un comentario