«No hay manera en que pueda separarse el calor del fuego o la belleza de lo eterno...»
—Dante Alighieri, La Divina Comedia.

En los artículos anteriores he tratado de alejar la idea de que lo que se consideran
demonios no son la encarnación del mal absoluto. No son entidades que aparecieron de la
nada, sino que proceden de antiguas creencias, que son espíritus intermediarios entre
humanos y dioses, fuerzas caóticas de la naturaleza y, en muchos casos, divinidades que
fueron reinterpretadas en el tiempo. Así que la demonología no es un sistema fijo e
inmutable, sino más bien una construcción que va evolucionando dependiendo de los
nuevos contextos religiosos, sociales y políticos. Dentro de este proceso de transformación,
hay un elemento que suele tratarse de forma superficial o suele pasar desapercibido: el
papel que tiene el principio femenino en el origen de lo demoníaco.
Hemos de tener en cuenta que lo oscuro, lo nocturno, el caos, la muerte o la sexualidad no
eran considerados atributos negativos en las religiones y mitologías antiguas, ni tampoco
exclusivos de lo masculino. Estas fuerzas, normalmente eran personificadas por Diosas o
entidades femeninas, casi siempre vinculadas a los ciclos naturales de la vida, la muerte, la
destrucción y la regeneración. A medida que las religiones monoteístas y los sistemas
teológicos empezaron a consolidarse, es cuando se empieza a producir un cambio en la
manera en la que se ve o se representa lo oscuro. Todo aquello que antes era femenino,
caótico y autónomo empieza a ser demonizado, fragmentado o directamente borrado de la
historia, dando paso a una demonología mayormente masculina, organizada en jerarquías
rígidas y estructuras de poder claramente definidas como rangos aristocráticos (reyes,
duques, marqueses, príncipes) o bien como estructuras militares. Este proceso no solo
transformó a las antiguas deidades, sino que redefinió el propio concepto de mal.
Para que se comprenda esta tercera parte del artículo, hay que hacerse dos preguntas
importantes: ¿por qué lo oscuro, que durante milenios estuvo asociado a lo femenino, pasa
a representarse casi exclusivamente a través de figuras masculinas?, y ¿qué se pierde
simbólica y espiritualmente en ese tránsito? No busco respuestas cerradas ni un discurso
inflexible, sino analizar un patrón en la historia de la demonología que es recurrente.
Comprender cómo el femenino oscuro fue desplazado, transformado y, en muchos casos,
masculinizado dentro de la demonología, y cómo ese proceso sigue influyendo en la
manera en que concebimos el mal, el caos y lo prohibido en la actualidad. Para ello, hemos
de retroceder a una época preabrahámica, justo antes de que aparecieran las religiones
monoteístas y la moral se dividiera entre el bien y el mal.
Las culturas de la antigüedad sabían que existía un equilibrio entre las fuerzas opuestas y
ambas que se complementaban. Por eso, lo oscuro no era corrupción o maldad; sabían que
formaba parte del orden cósmico. Sabían que el universo tenía un proceso continuo de
generación, destrucción y regeneración. Dentro de ese proceso, el principio femenino
desempeñaba un papel muy importante, especialmente en aquello que hoy identificamos
como caos, noche, muerte o inframundo.
En las cosmologías antiguas, el caos no era visto como una amenaza o un desorden
absoluto que debía ser erradicado. El caos era considerado un estado primordial de donde
todo emergía. Era la materia primitiva, la potencia en estado puro, el espacio o vacío previo
a la forma. En muchas de las mitologías, este principio caótico estaba directamente
asociado con lo femenino, no como pasivo, sino como esa fuerza capaz de dar origen al
cosmos. La noche, por ejemplo, no era vista como la ausencia de la luz en sentido negativo,
sino como una matriz cósmica, porque la oscuridad precedía al amanecer, y de esta forma
se gestaban los sueños, las visiones, la magia y el conocimiento oculto. La noche era el
territorio de lo invisible, de lo que aún no había sido nombrado, y por ello estaba tan
íntimamente ligada a las deidades femeninas, a las guardianas de los ciclos naturales y de
los misterios de la existencia.
Y si hablamos de la muerte, pasa lo mismo: no era concebida como un castigo ni como un
final definitivo donde todo terminaba. En la gran mayoría de las antiguas religiones y
culturas, la muerte era un tránsito, un paso necesario dentro del ciclo de la vida, y el
descenso al inframundo no era una condena, sino una transformación. Las divinidades
femeninas asociadas a la muerte no eran verdugos, sino soberanas de un umbral,
guardianas de un espacio liminal entre mundos, y este carácter liminal (ni completamente
luminoso, ni absolutamente oscuro) define gran parte del femenino sagrado antiguo. Son
fuerzas que habitan entre planos, que median entre la vida y la muerte, el orden y el caos, lo
visible y lo invisible.
Así que, si hablamos de Diosas del caos y el inframundo, encontramos muchas figuras
femeninas que, desde una perspectiva posterior, fueron reinterpretadas como amenazas o
entidades malignas, pero que en su contexto original cumplían funciones perfectamente
integradas en el orden cósmico: Tiamat, en la mitología mesopotámica, representa el caos
primigenio, las aguas saladas de donde surge la creación. No es un demonio destructor, es
más bien la encarnación del estado original del universo antes de la imposición del orden.
Su derrota a manos del dios Marduk no simboliza la victoria del bien sobre el mal, sino el
paso de una cosmogonía caótica a una jerárquica y patriarcal.
Ereshkigal, también mesopotámica, es la soberana del inframundo. No juzga, no castiga, no
tortura. Ella gobierna un reino que no podemos evitar y al que todos llegamos, pero nadie
regresa siendo el mismo. Su poder no reside en la violencia, sino en el tránsito que
custodia. ¿Y qué hay de la tradición nórdica? Tenemos a Hel, que gobierna el reino de los
muertos que no caen en batalla. Su dominio no es un infierno de castigo, sino un reflejo
sombrío de la vida. Hel no es una entidad malvada, sino una figura liminal que encarna la
aceptación de la muerte como parte del destino.
Nyx, en la mitología griega, es la personificación de la noche primordial. Es tan antigua y
poderosa que incluso los dioses olímpicos la respetaban y temían. De ella nacen tanto
fuerzas destructivas como principios del orden, lo que refuerza la idea de que la noche es la
matriz de todas las posibilidades. Y Hécate, que representa quizá uno de los ejemplos más
claros del femenino oscuro funcional. Diosa de las encrucijadas, de la magia y de los límites
o espacios liminales, su papel no es el de corromper, sino el de guiar en los momentos de
transición. Es una mediadora entre mundos, una guardiana de los umbrales, una entidad
psicopómpica.
Morrigan, en la tradición celta, encarna la guerra, la muerte y el destino. No provoca la
destrucción por crueldad, sino que manifiesta el aspecto inevitable del conflicto y la
transformación. Es una figura profundamente ligada a la soberanía y al equilibrio del
territorio. Todas estas deidades comparten un elemento esencial: no son demonios, no son
antagonistas morales, ni representan el mal absoluto. Son arquetipos funcionales dentro de
sistemas religiosos donde lo oscuro tenía un sentido, una utilidad y un lugar legítimo que les
fue arrebatado. La demonización que vendrá después, cuando estos arquetipos resulten
incompatibles con las nuevas estructuras teológicas que ya no tolerarán la naturaleza de
estas divinidades femeninas.
Si el femenino oscuro pudo existir durante milenios sin ser percibido como una amenaza, la
pregunta sería: ¿en qué momento deja de ser funcional y pasa a ser peligroso? El punto
clave de ruptura no está en la oscuridad en sí, sino en la autonomía que tienen por sí solas.
Cuando lo femenino deja de ser mediado, regulado o complementado por una figura
masculina, empieza a convertirse en un problema teológico, simbólico y político. Este será
uno de los temas más delicados de la demonología posterior, porque no se trata únicamente
de un cambio religioso, sino de una reestructuración del poder y de la toma de control del
relato.
Y esto nos lleva a que en muchas religiones antiguas encontramos diosas que no necesitan
un principio masculino para ejercer su poder. No son esposas subordinadas, ni madres
definidas exclusivamente por y para la procreación, ni contrapartes de un dios mayor. Son
soberanas por derecho propio. ¿Qué pasa con esto? Que el poder que no puede mediar lo
masculino rompe la lógica patriarcal que se irá imponiendo de forma progresiva. Estas
entidades que crean, destruyen, gobiernan y deciden sin necesidad de legitimar o ser
validadas de forma externa, empezarán a ser un problema. Y si le añadimos el elemento de
la sexualidad, porque no se trata de sexualidad reproductiva, sino de una sexualidad libre y
deseante, en muchos casos peligrosa para el orden establecido porque les incomoda, les
molesta que estas Diosas elijan, rechacen, seduzcan o destruyan sin pedirles permiso,
desestabilizando cualquier sistema basado en el control y la obediencia.
Podemos seguir sumando cosas, como el conocimiento prohibido, ya que estas figuras
femeninas estaban asociadas a la magia, la adivinación, los secretos de las plantas y la
naturaleza, al tránsito entre mundos. Eran guardianas de conocimientos que no estaban al
alcance de todo el mundo y que, en algunos puntos de la historia, llegaron a considerarse
peligrosos. Por lo tanto, autonomía, sexualidad y conocimiento forman una tríada que
comenzó a generar demasiada incomodidad a estas nuevas estructuras religiosas, porque
la independencia de ellas fue vista como una amenaza directa.
Pero el cambio no fue inmediato ni violento. Hubo una transición gradual del mito al dogma.
Por ejemplo, los arquetipos pueden convivir en contradicción y ambigüedad. Un arquetipo
de la Diosa, lo mismo puede crear que destruir sin tener que justificar nada. El mito acepta
esta paradoja, pero el dogma necesita orden, esa jerarquía, esa definición. O es blanco o es
negro, pero no acepta grises. Cuando las religiones impusieron su moral absoluta y cerrada,
lo ambiguo se volvió sospechoso y lo liminal se convirtió en desorden. Es en este punto
donde lo femenino es asociado al caos, pero no como principio generador, sino como
principio desestabilizador. La noche pasa de matriz a amenaza, la muerte pasa de tránsito a
ser un castigo y la sexualidad libre se convierte en pecado.
Y aquí es donde se empieza a controlar esa narrativa, no basta con degradarlas, sino que
las transforman reinterpretando los mitos, fragmentando su historia y reescribiéndola a su
conveniencia. Diosas complejas son reducidas a aspectos negativos, exagerando aquello
que tanto les incomoda, como su independencia, su poder y su relación con lo prohibido.
Este proceso es el que sienta las bases de la demonización formal a estas figuras, pero
antes de ser convertidas en demonios, perderán su estatus divino. No desaparecen del
todo; se fragmentan, se degradan y se transforman en entidades demoníacas que
conservan rasgos reconocibles de su origen, pero serán despojadas de su forma femenina,
serán reconfigurados sus nombres, en algunas ocasiones con nombres masculinos y serán
integradas a jerarquías que ya no les pertenecen. Esto ocurre en el momento en que el
judaísmo tardío se consolida y, posteriormente, el cristianismo.
En cuanto a todas estas figuras del Sagrado Femenino Oscuro, Lilith siempre destaca la
primera, esa figura liminal que es transformada en demonio nocturno. Ella es uno de los
ejemplos más claros y mejor documentados, donde su origen se remonta a Mesopotamia,
donde encontramos figuras como los lilû, lilītu y ardat lilî, espíritus asociados al viento, la
noche y la sexualidad, que no tenían connotaciones morales negativas, sino más bien
estaban vinculadas a los márgenes del mundo humano, no al sentido posterior que se les
dio como demonios. Cuando el pensamiento judío se desarrolla, sobre todo durante el
periodo de los rabinos, Lilith es reinterpretada como podemos verla en el Alfabeto de Ben
Sira. Aquí es por primera vez cuando aparece como mujer de Adán creada igual que él, no
a partir de su costilla como Eva. Es mostrada como una mujer rebelde que no quiere
someterse, ni sexual ni simbólicamente, porque considera que son iguales y no tiene que
estar debajo o a las órdenes de nadie, así que provoca su expulsión del orden edénico.
Esta expulsión del orden del “paraíso” se malinterpreta, haciendo que a posteriori haya dos
versiones de estos hechos. La que se menciona en el Alfabeto de Ben Sira (VIII–X d.C.),
donde Lilith abandona el Edén por decisión propia; no es expulsada, y que dice
textualmente que Lilith y Adán son creados del mismo barro y ella se niega a yacer debajo
de él. Lilith pronuncia el nombre inefable de Dios, despliega sus alas y abandona el Edén de
forma voluntaria para instalarse en el Mar Rojo. Esta cita podemos encontrarla en: “The
Hebrew Goddess” de Raphael Patai y en “Origins of the Kabbalah” de Gershom Scholem.
La expulsión es una reinterpretación de la literatura rabínica y cabalística medieval, porque
Lilith no aparece ni en la Biblia ni en el Génesis, aparece en el Zohar (siglos XIII d.C.) como
consorte de Samael y Reina de los demonios nocturnos, nunca se nombra su expulsión del
Edén. Más tarde, en los Midrashim tardíos y folklore judío, Lilith es asociada con el desierto,
la noche y la muerte infantil, por lo que su salida del Edén es interpretada como la ruptura
del orden y la caída al ámbito demoníaco - Midrash Rabbah (alusiones indirectas) y Joshua
Trachtenberg, Jewish Magic and Superstition. Así que nunca hubo un expulsado del
paraíso, simplemente en la tradición cabalística posterior se reinterpreta como una
exclusión simbólica del orden divino, consolidando su figura como entidad demoníaca
nocturna.
Aquí se produce un punto clave porque Lilith no es castigada por hacer el mal, sino porque
no acepta la jerarquía. Su autonomía sexual y su negativa a obedecer la convierten en una
amenaza. A partir de este momento, su figura se carga de atributos demoníacos: se la
asocia con la noche, con la muerte infantil, con la seducción de los hombres y con la
esterilidad. Lilith ya no da vida, sino que la arrebata, se convierte en la antítesis de la madre
ideal, elemento significativo de su demonización. Se convierte en el femenino que no acepta
su rol reproductivo dentro del orden patriarcal y que es transformado en monstruo.
También hubo muchas otras que fueron reinterpretadas y fragmentadas como Inanna, Ishtar
y Astarté (Astarot). Tres caras de una misma moneda, que fueron sincretizadas a las que se
le dieron diferentes matices culturales según la geografía. Las tres representaban el
arquetipo de la Diosa poderosa que controlaba la vida, el amor y la sexualidad, así como la
guerra. Su culto fue tan influyente que se extendió a Diosas posteriores como Afrodita, la
Diosa griega, y Venus, la Diosa Romana.
Inanna es una de las deidades más antiguas del panteón sumerio y, al mismo tiempo, una
de las más complejas porque no encarna un solo principio, sino varios a la vez: el deseo, la
sexualidad, la fecundidad de la vida y, en el otro extremo, la guerra, el dominio y la
afirmación del poder. Se la representa como una figura joven, desafiante, profundamente
activa, y su presencia es central en numerosos mitos, especialmente en el del descenso al
inframundo, donde se enfrenta a los límites entre la vida, la muerte y la transformación. Con
la expansión de las culturas mesopotámicas, Inanna adopta el nombre de Ishtar,
convirtiéndose en una de las grandes diosas del mundo acadio, babilónico y asirio. Bajo
este nombre es venerada como la “Reina del Cielo”, conservando su doble naturaleza de
diosa del amor y de la guerra.
Ishtar aparece de forma destacada en la Epopeya de Gilgamesh y mantiene una estrecha
relación simbólica con Venus, la estrella que brilla tanto al amanecer como al anochecer,
reforzando su carácter liminal y ambivalente. Más tarde, en el ámbito fenicio y cananeo,
este mismo arquetipo se transforma en Astarté, una divinidad vinculada a las fuerzas de la
naturaleza, la fertilidad, la sexualidad y el conflicto. Su culto se extendió por amplias zonas
del Mediterráneo, llegando a lugares como Cartago, donde adoptó nuevas formas, como la
de Tanit. En algunos contextos, sus rituales adquirieron un carácter más extremo, reflejando
cómo este arquetipo femenino fue adaptándose a distintas culturas sin perder su núcleo
esencial: una energía vital, poderosa y profundamente indómita.
En el caso de Astarté, Ishtar e Inanna, vemos de forma clara esa fragmentación del
arquetipo. Ya no basta con destruir su naturaleza amorosa, fértil y sexual, sino que no se les
permitirá su carácter bélico, destructivo, y serán arrebatadas del poder político. Ninguna de
ellas encaja en ese esquema moral simplificado que, con la expansión del monoteísmo, no
pueden seguir siendo Diosas legítimas. Y aunque en un principio no podían hacerlas
desaparecer del todo, porque su culto estaba muy arraigado, la solución que plantearon fue
irlas degradando poco a poco de forma simbólica, conservando su naturaleza femenina y
sexual, pero eliminando todo lo demás. Así pasan de Diosas del amor a demonios de la
lujuria. El amor sagrado se convierte en deseos pecaminosos, la sexualidad ritual pasa a
ser prostitución sagrada, la guerra, el poder y la soberanía de estas Diosas desaparecen de
los relatos, el arquetipo se fragmenta y se reinterpreta convirtiéndolas en corruptoras. Este
proceso no solo demoniza a la diosa, sino que redefine el deseo femenino como algo
peligroso en sí mismo, algo que debe ser vigilado, regulado o castigado.
Si nos vamos a la época grecorromana, allí vemos que aparecen procesos similares con las
Lamias y las Empusas. La Lamia era originalmente una hermosa reina Libia, hija del rey
Belus (o Poseidón en otras versiones) y madre de muchos hijos con Zeus (su amante),
incluyendo a la monstruosa Escila. Fue maldecida por la Diosa Hera, que estaba celosa de
su relación, y mató a sus hijos. Como consecuencia del dolor, Lamia enloquece, se
transforma en un ser monstruoso y comienza a devorar niños ajenos (Diodoro Sículo,
Bibliotheca historica, XX, 41–42). Así se convierte en un demonio, un antecedente de la
figura de la vampiresa moderna, seductora y demoníaca, a menudo representada con
cuerpo de serpiente y pecho de mujer. El acto de devorar niños se convierte simbólicamente
en una maternidad pervertida y devoradora. La mujer que no protege, que no nutre, que no
cumple su función social, es presentada como una amenaza para la comunidad. El deseo y
la maternidad son separados de ese orden patriarcal establecido, para convertirlo en algo
monstruoso.
Más tarde, las Empusas y los súcubos medievales heredaron esta característica. Se
convertirán en entidades femeninas que seducen, agotan y destruyen a los hombres. El
deseo masculino no es cuestionado, pero la figura femenina será la que cargue con la
culpa. La seducción se transforma en arma, y el placer en castigo, porque una mujer que
decide se representará como peligrosa, una anomalía que deberá ser contenida o
erradicada. La demonización no elimina el femenino oscuro, sino que lo reconfigura. Lo
despoja de su sacralidad y lo encierra en seres monstruosos. De esta forma se prepara el
siguiente paso: la absorción de estos arquetipos dentro de sistemas demonológicos
jerárquicos, mayoritariamente masculinos, donde el poder ya no les pertenece.
Con la consolidación de la demonología cristiana medieval, se produce un cambio de
paradigma profundo: el mal deja de ser una fuerza caótica, ambigua y liminal para
convertirse en un sistema organizado. El infierno ya no es un espacio indefinido de tránsito
o transformación, sino una estructura jerárquica claramente delimitada. Se convierte en el
reflejo invertido del orden celestial. Esto no pasa por casualidad, es una táctica teológica
que se corresponde con la necesidad de controlarlo todo, incluso el mal. Así que, a partir de
la Baja Edad Media, el infierno empieza a representarse como una organización casi
administrativa. Los demonios ya no son espíritus errantes ni fuerzas primordiales, sino
soldados, generales, príncipes o reyes. Cada uno tiene una función, un rango y una esfera
de influencia claramente establecida. Consiguen imponer orden al caos.
El infierno está estructurado por niveles, legiones y dominios (al igual que la humanidad que
habita en la Tierra), imitando el modelo feudal y militar de la época, donde Satán, que en un
principio simplemente era un acusador o adversario, se convierte en el soberano absoluto
de todo y el resto pasan a ser subordinados que ejecutan órdenes, castigan, vigilan y
combaten en una guerra espiritual permanente. Desaparece ese espacio liminal o
intermedio donde la obediencia sustituye a la naturaleza de estas entidades y donde, a
partir de entonces, cada una tendrá su lugar y poder dentro de una jerarquía. La dominación
se convierte en el principio rector. El infierno ya no es un reflejo de los ciclos naturales ni de
los procesos internos del ser humano, sino una maquinaria de castigo y control. Incluso el
mal debe estar sometido a una ley.
Y dentro de este nuevo paradigma que se ha creado, el demonio masculino se convierte en
la figura dominante por su fuerza física, su autoridad y por la capacidad de ejercer violencia;
así adquieren los atributos principales del mal. El demonio ya no seduce, sino que
conquista, impone y somete. La guerra espiritual sustituye a la seducción simbólica de
antaño. El lenguaje demonológico se llena de términos militares: ejércitos, batallas,
fortalezas, asedios. El mal se presenta como una amenaza externa que debe ser
combatida, no como una fuerza interna que debe ser comprendida o integrada. En este
contexto, el femenino demoníaco pierde protagonismo. Las antiguas figuras femeninas, ya
degradadas a súcubos o monstruos, quedan relegadas a funciones secundarias, asociadas
casi exclusivamente al deseo y la tentación sexual. El poder real, estratégico y jerárquico
pasa a manos masculinas.
De esta forma, el infierno deja de ser un espacio caótico y se convierte en un sistema
patriarcal. Un sistema en el que el poder baja desde arriba, donde la autoridad se impone
por la fuerza y hasta la rebeldía tiene sus límites. El mal deja de ser una fuerza salvaje e
imprevisible de la naturaleza para convertirse en algo organizado, casi administrativo. Y
como ocurre con cualquier institución, no hace más que reflejar las mismas estructuras de
poder del mundo que la ha creado. Este modelo no solo redefine al demonio, sino que borra
casi por completo la posibilidad de un femenino oscuro autónomo. Lo que no puede ser
controlado, clasificado o subordinado, simplemente deja de existir dentro de este sistema o
es reducido a una simple caricatura.
Cuando se llega al corpus goético, proceso que se ha ido describiendo a lo largo del
artículo, la demonología deja de ser un campo fluido y simbólico para convertirse en un
sistema ritualizado, jerárquico y profundamente influenciado por la teología cristiana. La
ausencia casi total de demonias no es un accidente, es el resultado lógico de todo lo
anterior que he mostrado. Pero hay una cosa que me llama mucho la atención, porque la
goetia no es originalmente salomónica; esto es un error, ya que mucha gente cree que la
goetia es una tradición heredada directamente del Rey Salomón, pero no es así. Los textos
que conocemos a día de hoy como goéticos son productos medievales y renacentistas. Son
compilaciones tardías de otros textos que tienen una combinación de fuentes judías,
cristianas, grecolatinas y mágicas bajo una cosmovisión claramente cristianizada.
Por ejemplo, el Lemegeton, y en especial la Ars Goetia, surge en un contexto donde la
demonología ya está plenamente definida como ciencia teológica del mal. No se trata de
recuperar antiguas entidades paganas en su forma original, sino de someterlas a un sistema
de control ritual. El mago no dialoga con fuerzas liminales, sino que invoca, constriñe y
domina. Aquí la influencia cristiana es evidente: hay nombres divinos hebreos utilizados
como instrumentos de coerción, jerarquías infernales que son el reflejo del orden celestial y
una concepción del demonio como enemigo vencido, no como fuerza autónoma. En este
contexto, el femenino oscuro no tiene cabida como principio independiente.
Después encontramos el listado de los 72 demonios goéticos que refleja de forma clara la
masculinización del mal. La inmensa mayoría de estas entidades son presentadas como
masculinas, incluso cuando su origen simbólico o etimológico apunta a figuras femeninas o
ambiguas. Los títulos nobiliarios refuerzan esta estructura patriarcal: reyes, duques, condes,
marqueses, presidentes. El infierno se organiza como una corte feudal, donde cada
demonio ocupa un rango preciso y responde a una autoridad superior. No hay caos, no hay
ambigüedad, no hay tránsito: hay obediencia y jerarquía. La rigidez de este sistema no deja
espacio para lo femenino como fuerza autónoma. Cuando aparece, lo hace diluido,
transformado o directamente masculinizado. El poder demoníaco ya no se expresa a través
del deseo, la noche o el conocimiento oculto, sino mediante la dominación y la guerra
espiritual.
Pero aun así, si observas con atención, puedes encontrar restos de lo femenino oscuro
oculto bajo las capas de estas reinterpretaciones y uno de los demonios más evidentes es
Astaroth, nombre que nos lleva directamente a la Diosa Astarté. Aunque Astaroth aparece
como un Gran Duque del infierno asociado al conocimiento oculto y a la tentación
intelectual, esto es una reminiscencia de la propia Diosa. La diosa soberana que una vez
fuera apodada “la Reina del Cielo” ha sido transformada en un demonio varón que enseña
ciencias prohibidas, conservando el vínculo con el saber, pero perdiendo su identidad
femenina. El nombre concretamente de Astaroth tiene su historia: los cananeos la
conocieron como Astarté, los sumerios como Inanna, los babilonios como Ishtar, los asirios
y acadios como Ashtart, Ashtoreth, Asherah y Astoret, los egipcios como Ashet y Aset, los
fenicios como Tannit, Ashtart y Ashtaroth. Pero aquí viene lo bueno: toda esta trayectoria de
nombres se deriva de la Diosa Fenicia Astarté que en el segundo milenio a. C. equivale a
Inanna e Ishtar, ya que en los mitos bíblicos era llamada Astoreth (en la Biblia hebrea), que
es su nombre en singular, y Astaroth, que es su nombre en plural; se le decía así por la
cantidad de estatuas e imágenes que esta Diosa tenía en los templos. Cuando se
transcribió la Biblia hebrea al latín y al griego, el plural del nombre se dejó de lado, ya que
era el plural femenino en hebreo y no concordaba con esas lenguas. ¿Pero por qué lo
conocemos como un demonio masculino? Porque la primera vez que se reconoce este
demonio como masculino es en “El Libro de Abramalein”, escrito en hebreo en 1458.
Después lo encontraríamos en el “Pseudomonarchia Daemonum” del siglo XVI y, más tarde,
en versiones más modernas traducido y alterado en 1904 por Samuel Mathers y editado por
Aleister Crowley, todos ellos basados en el grimorio "supuestamente" original oculto del rey
Salomón. Por lo tanto, el demonio Astaroth es una versión masculina reinventada por los
cristianos, como muchos otros demonios.
Beleth, por ejemplo, se le describe como un rey demonio masculino según las fuentes
demonológicas clásicas (Weyer, Lemegeton). Beleth aparece como un rey poderoso,
gobernante de pasiones humanas, vinculado al amor, la atracción y la obediencia
emocional, capaz de provocar deseo, sumisión y dependencia afectiva. Esto apunta a un
origen arquetípico claramente vinculado a lo femenino. ¿Por qué creo en esto? Porque su
iconografía y funciones recuerdan a antiguas deidades amorosas, pero reconfiguradas
dentro de un marco de represión. Beleth tiene dominio del eros, no de la guerra. No es un
demonio destructivo o de violencia directa, sino que se le asignaron atributos que estaban
vinculados a lo femenino en las cosmologías antiguas. Usa el amor como fuerza
desestabilizadora y este tipo de eros pertenece a lo femenino caótico, no a lo masculino
solar.
Beleth aparece acompañado de música y multitudes espirituales, un rasgo común en diosas
del amor y la fertilidad, cuyos cultos incluían danza, canto y las procesiones. No podría decir
con exactitud qué Diosa concretamente podría ser, o si realmente es una Diosa encubierta
pero sí puedo decir que seguramente no proviene de una sola diosa, sino de un arquetipo
fragmentado y hay algunas que me resuenan a modo personal como Inanna y su deseo por
humillar al héroe (Gilgamesh). También podría representar a una Ishtar amputada de su
soberanía y reducida a provocar deseo sin agencia femenina o Astarté como una Diosa sin
templo, encerrada en una jerarquía infernal. E incluso podría ser Afrodita que ya fue
sospechosa para algunos filósofos. Así que para mí es como si el antiguo femenino
amoroso hubiese sido fragmentado y reinsertado en una estructura jerárquica que ya no le
pertenece.
Otros dos demonios de Salomón que me descuadran son Gremory y el rey Paimon. Ambos
con aspecto femenino montados en un camello. Gremory es una duquesa del infierno que
gobierna sobre el amor, revela secretos y habla del pasado, presente y futuro. Aquí la
feminidad no ha podido ser eliminada del todo, pero sí subordinada, aunque en las fuentes
clásicas (Pseudomonarchia Daemonum, Lemegeton), aparece como duque o príncipe
infernal que se manifiesta con forma de mujer. Esto es clave porque conserva el cuerpo
femenino, aunque le imponen un nombre y rango masculinos. Gremory no provoca
únicamente pasión, sino que revela secretos íntimos, algo ligado al femenino iniciático y su
dominio de los tiempos o función oracular, hace referencia a esas antiguas diosas
proféticas, figuras lunares o guardianas de los umbrales, porque los oráculos, en la
antigüedad, eran tradicionalmente femeninos. El camello es un animal asociado a la
travesía, el desierto y el paso entre mundos, algo muy de diosas arquetípicamente
femeninas y liminales.
Por lo tanto, esto me sugiere que Gremory puede ser un arquetipo híbrido entre diferentes
figuras. Una de ellas puede ser Ishtar la nocturna o Astarté, ambas vinculadas al aspecto
amoroso y oracular, puede estar vinculada alguna Diosa Lunar y del umbral como Hécate,
no por genealogía, sino porque representa revelación, tránsito y conocimiento de los tres
tiempos (pasado, presente, futuro). Gremory se comporta como una Hécate sin
encrucijadas, simplemente trasladada al desierto simbólico. Y también pueden estar
vinculadas a Diosas árabes preislámicas del amor y el destino por el tema del camello y el
entorno desierto como Al-‘Uzzā o Manāt. Gremory es especialmente valiosa en la goetia
porque es una de las pocas que no ha perdido su feminidad.
Al mismo tiempo, tenemos al rey Paimon, uno de los espíritus más prominentes de la
Goetia. Se le describe como un gran rey que gobierna legiones infernales y se manifiesta
montado sobre un camello, precedido por música y voces. Es un maestro del conocimiento,
la elocuencia y las ciencias ocultas, capaz de revelar secretos, otorgar comprensión
profunda y enseñar artes prohibidas. Su figura encarna la autoridad intelectual y el poder del
saber organizado dentro de la jerarquía demoníaca. El problema está en el aspecto en el
que se les muestra: ambos van encima de camellos (sabiduría itinerante y mediación entre
mundos) y ambos son de aspecto femenino o afeminado. Ambos están precedidos por
música, lo cual les vincula a rituales, invocaciones y misterio. Ambos gobiernan el
conocimiento, pero desde ángulos distintos. Dos caras de una misma moneda, dos caras
del conocimiento: uno estructurado y racional, el otro intuitivo y revelador. No son demonios
menores, son figuras de autoridad (rey y duquesa); aún no habiendo fuentes históricas o
demonológicas que digan que son el mismo, sí pueden llegar a ser dos manifestaciones de
una misma función simbólica. Una fragmentación hecha a propósito: el aspecto masculino
se presenta como rey y maestro legítimo, mientras que el femenino queda relegado a la
revelación íntima y al amor, tolerado pero subordinado.
Otro ejemplo claro de transformación demoníaca de lo femenino a lo masculino es Vepar.
Aunque es descrito como un duque infernal, tiene apariencia de sirena. La figura de la
sirena es tradicionalmente femenina y está ligada al mar, al canto y a la seducción; es
absorbida dentro del sistema goético como una entidad peligrosa, asociada a la muerte en
el mar y a la corrupción de las heridas. Esto está escrito en el Lemegeton, el
Pseudomonarchia Daemonum o la Goetia ilustrada de Crowley. De nuevo, el arquetipo
femenino es conservado solo en su aspecto más amenazante. La sirena es una figura
inequívocamente femenina, porque si fuera masculino sería un tritón. El mar representa la
matriz, el origen de la vida y otro espacio de tránsito o frontera con la muerte. Por lo tanto,
Vepar encarna el aspecto oscuro y no domesticado de lo femenino acuático, la inversión
directa de las antiguas diosas curativas del agua, ya que ella corrompe las heridas.
Así que, directamente, esto me hace pensar que Vepar (aunque no haya fuentes o
identificaciones directas a esta suposición) pertenece a un arquetipo femenino marino
demonizado que puede resonar con Tiamat (mar primordial, caos acuático y fuerza
femenina preorden) o con algunas Diosas marinas mediterráneas como Anfitrite o Tethys
porque el mar femenino fue progresivamente neutralizado y sus aspectos peligrosos
quedaron como monstruos. Vepar encaja un poco como herencia directa de este aspecto de
monstruo. Puede que tenga resonancia con las sirenas homéricas, ya que eran guardianas
del umbral, poseedoras del conocimiento y voces que tenían la capacidad de revelar o
destruir. O tal vez resuenen con esas deidades acuáticas semíticas perdidas del levante que
estaban ligadas a pozos, fuentes, mares, etc. De ellas no quedan nombres claros, solo
sombras demonizadas.
Todos estos casos, que estoy segura de que hay muchísimos más, nos muestran que lo
femenino oscuro no desaparece por completo, pero tampoco puede existir de forma libre sin
que sea disfrazado, absorbido o invertido. La Goetia no eliminó a las antiguas diosas, sino
que las recicló como demonios masculinos, despojándolas de su soberanía y colocándolas
al servicio de una jerarquía patriarcal. (Entiéndase que cuando digo que la Goetia no las
eliminó, me refiero a quienes escribieron esos primeros manuscritos, me refiero a los
responsables de la transformación). Y todo esto me llevó a plantearme la existencia de una
Goetia femenina no como sistema como el Legemeton, sino de poder examinar qué formas
adopta lo femenino demoníaco fuera de los marcos canónicos de la demonología ritual.
Si la Goetia clásica es un producto tardío, cristianizado y jerárquico, el femenino oscuro no
puede existir dentro de ese modelo. Sí tiene la capacidad de sobrevivir dentro de él, pero no
siendo quienes son, porque fuera del corpus goético, existen figuras femeninas que no
encajan en la jerarquía infernal clásica, pero que mantienen su presencia constante en la
literatura demonológica y en el imaginario mágico. Encontramos a Lilith no como demonio
subordinado, sino como figura soberana y, aunque en los textos cabalísticos y folclóricos es
una Reina de demonios nocturnos, su poder no deriva de una jerarquía, tiene su propia
naturaleza liminal y, sobre todo, no es vista como sierva de Satán. También podemos
encontrar a Naamah, vinculada a tradiciones apócrifas y cabalísticas; su figura refuerza la
idea de un femenino demoníaco que opera a través del deseo, pero no dentro de una
estructura jerárquica formal.
También a Agrat bat Mahlat, descrita en algunas fuentes como una de las “reinas de los
demonios”, que encarna el aspecto más salvaje y nocturno del femenino oscuro. Asociada a
los vientos, a la danza y a la destrucción ritual, su presencia refuerza la idea de un poder
femenino que no puede ser fácilmente integrado en sistemas demonológicos rígidos. Algo
parecido les pasa a súcubos, lamias, estriges o entidades nocturnas femeninas, que son
incompatibles con esa jerarquía. Por lo tanto, aunque hay referencias en la literatura
rabínica, medieval y folclórica que documentan la presencia de demonias y espíritus
femeninos, nunca hubieran entrado por su naturaleza dentro del sistema goético.
Lo que sí existe es una reconstrucción gracias a corrientes ocultistas modernas, donde se
ha intentado sistematizar estas figuras femeninas en modelos inspirados en la goética
clásica, porque se corresponde a una necesidad simbólica y práctica actual. Estas
entidades son trabajadas como fuerzas autónomas, no subordinadas a jerarquías infernales
masculinas, lo cual me hace suponer que puede haber, en un futuro, un sistema de goetia
femenina donde estas entidades no estén fragmentadas, sino vueltas a reconstruir a partir
de su naturaleza original. En estas corrientes contemporáneas, la figura demoníaca ya no
aparece como un residuo del pasado, sino como una respuesta al simbolismo que nos fue
negado y, en vez de limitarse a reproducir esos sistemas jerárquicos heredados y obsoletos,
replantean una forma distinta de ver el caos y lo femenino, erradicando el pensamiento del
mal que adoptaron.
El caos deja de ser un desorden que debe ser dominado para volver a convertirse en el
principio creador original, tal y como eran antes de las antiguas concepciones
pre-abrahámicas, donde lo oscuro no era sinónimo de corrupción y se vuelven a adquirir
esa potencia latente. En esta nueva goetia moderna, no debería haber jerarquías, ni reyes
infernales ni cadenas de mando estrictas. Lo femenino oscuro debería ser reconocido como
esas fuerzas iniciáticas capaces de provocar ruptura, transformación y descenso. Así, la
entidad femenina demoníaca se configura como figura iniciática. Ni madre, ni esposa, ni
enemiga absoluta, solo una guía en el umbral que confronta al iniciado con lo prohibido, lo
negado y lo reprimido.
Esta visión de lo femenino oscuro no pretende restaurar antiguos cultos tal como existieron,
ya que es prácticamente imposible; tampoco tenemos ese conocimiento y la moralidad
actual tampoco lo permitiría. Más bien se trata de reactivar sus arquetipos en la actualidad
en un acto de reinterpretación consciente. Así que, desde mi perspectiva personal, es hora
de que ese infierno que fue convertido en una institución patriarcal, la demoníaca le
devuelva el mal a su dimensión caótica, no por sufrimiento, sino como parte del rechazo de
esta espiritualidad que está basada exclusivamente en la obediencia. El culto de las
entidades femeninas demoníacas no busca justificar el mal, sino romper con la narrativa
única del orden y recuperar lo que fue expulsado, no para glorificarlo, sino para volver a
integrarlo como parte de ese umbral.
Espero que se entienda que no se trata de sustituir un dogma o sistema por otro, sino
comprender que el mal es cosa de humanos. Que cuando el caos dejó de ser tolerado, fue
sustituido por una jerarquía. Que la falta de demonias o entidades femeninas en la goetia no
son anomalías, sino consecuencia de un cambio de paradigma en el que el orden necesitó
domesticar al mal para poder entenderlo.





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