«Vexilla regis prodeunt inferni...»
—Dante Alighieri, La Divina Comedia.

Demonios, esos seres malignos con aspecto grotesco que atormentan a la humanidad desde hace milenios. Criaturas rojas con cuernos y tridentes, oscuras, espeluznantes, con voces guturales y que hablan muchos idiomas antiguos, espíritus inmundos que forman parte de la mente colectiva de todos nosotros. Pero ¿qué hay detrás de todas estas criaturas sobrenaturales? Dioses y demonios han campado por el mundo a lo largo de los tiempos, han coexistido juntos sin que nada pudiera separarlos. Hay quien dice que los dioses antiguos son demonios y que los propios demonios fueron convertidos en dioses, haciendo que este tipo de energías divinas y demoníacas formen parte de un bucle que no deja de girar cual Uroboros, una energía que se retroalimenta con el paso del tiempo.
Pero para entender este tipo de energías o entidades, me gustaría hacer una introducción desde los albores del tiempo, ya que al principio de la vida del ser humano, antes de que vivieran en cuevas y hubiera asentamientos en algún lugar, cuando la humanidad era nómada, en la prehistoria no existían ni Dioses ni Demonios. Es decir, sí existían formas de pensamiento simbólico y ritual antes del Paleolítico Superior, pero lo que no existía era un sistema teológico estructurado. En la primera rama de la humanidad, hace 2,5 millones de años a.C., en la era del Australopithecus, no existía un pensamiento mágico-religioso. No es hasta el Paleolítico Superior, era en la que todas las especies humanas comienzan a desaparecer porque no pueden seguir evolucionando y queda en pie el homo sapiens sapiens, que son aquellos a los que más nos parecemos físicamente, que empiezan a desarrollar los primeros pensamientos mágico-religiosos, porque hasta que no llegamos al Paleolítico Superior, no hay constancia clara de que exista este tipo de pensamiento. Las únicas evidencias anteriores del desarrollo de este pensamiento son en enterramientos neandertales donde ya ritualizaban con la muerte. De esto nos habla Lewis Williams en “The Mind in the Cave”.
El momento más importante sobre la evolución humana lo encontramos aquí, donde aparecen estos pensamientos religiosos, mágicos y estéticos que van a definir el inicio de las creencias religiosas, pero también la aparición de los primeros dioses y entidades espirituales o sobrenaturales. Al principio de estos pensamientos se cree que los humanos invocaban o llamaban a la deidad primigenia, deidades que más bien eran espíritus de la naturaleza y la vegetación, pero también representaban la fertilidad femenina. Seres sobrenaturales andróginos y deidades nacidas del caos que dieron comienzo a la vida, como se establece en el libro de Raquel Lacalle “Los símbolos de la Prehistoria: Mitos y creencias del Paleolítico Superior y del Megalitismo europeo (Almuzara, 2011)”.
También podemos verlo en enseñanzas esotéricas y religiones mundiales donde existen seres divinos que no tienen la necesidad de una pareja para engendrar, seres bisexuados que están relacionados con la naturaleza y la creación del mundo que más tarde fueron demonizados. Aunque al principio esta deidad o deidades no tenían una figura física en especial, cuando se comienza a formar ese culto por espíritus sobrenaturales se le da mayor relevancia a la fertilidad femenina. Esto se sabe por la datación de la Venus de Willendorf, que es la primera estatuilla que conocemos en la historia que representa la adoración a la fertilidad y a la naturaleza femenina, pero hubo deidades andróginas que figuraban a las antiguas Diosas con rasgos de ambos sexos.
En esta primera época prehistórica, hablamos de un periodo antiguo en el que vemos cómo los humanos están anexionados a ese pensamiento mágico-religioso, en el que el chamán o brujo de la tribu es quien necesita a su tribu para poder subsistir; él es quien invoca a los espíritus para ayudar a su comunidad. La invocación de espíritus de la tierra se puede ver en pinturas rupestres donde, ataviados con pieles o cabezas de animal, en muchas ocasiones con cuernos, este chamán o brujo utiliza la magia simpática para ayudar a los suyos y favorecer la vida en el asentamiento. Esto nos da a entender que las culturas y sociedades antiguas creían que los asuntos del universo en general estaban bajo el control de estas energías o estos espíritus que se encontraban en la naturaleza. Cada uno de ellos gobernaba un elemento e incluso pensaban que todos ellos estaban sujetos a las órdenes de un espíritu mayor o superior.
De hecho, los distintos pueblos que habitan en las regiones árticas en América del Norte creían que todos estos espíritus eran guardianes de todo lo que existe en la naturaleza, pero no es hasta la época griega y la aparición de los padres de la iglesia primitiva cuando se les da la forma de lo malignos que son los demonios y donde se condenó a ciertas divinidades o entidades antiguas, ya que esto formó la doctrina sobre la moral y la teología con persecuciones, conflictos contra la herejía y la imposición de una religión que manipuló durante milenios a los pueblos con el miedo a las barbaridades cometidas por esta religión.
Realmente, el culto a los demonios es algo que proviene de los antiguos dioses paganos y una de las referencias sobre demonios más modernas podemos encontrarlas, por ejemplo, en Sumeria y Babilonia, donde tenían una demonología muy elaborada desde el tercer milenio a.C. hasta el primer milenio a.C. La brujería y los demonios formaban parte de la vida de los mesopotámicos, todas las personas tenían contacto con los espíritus y cada persona tenía un espíritu que lo protegía de otros espíritus y demonios, o de los espíritus que les enviaban sus enemigos, porque existía la creencia de que podían causar enfermedades, mala suerte e incluso ser atacados o poseídos. Es en esta época donde empiezan a aparecer los amuletos, los primeros talismanes y los primeros exorcismos, que serán muy importantes en la historia de la magia, la brujería y la religión, sobre todo durante el primer milenio a.C., donde la figura de āšipu (exorcista) será la más importante, él será quien tenga la capacidad, mediante rituales y herramientas, de proteger o sanar a través de los dioses.
Los antiguos mesopotámicos sabían que había demonios (espíritus) malévolos y benévolos, pero no se les rendía culto como práctica religiosa. De hecho, a estos espíritus se les tacha de malignos a partir de las religiones abrahámicas que fueron influenciadas por el zoroastrismo, ya que ellos tenían una visión dicotómica del bien y el mal, porque antes de la existencia de las culturas mesopotámicas simplemente eran seres que actuaban en contra de las leyes y no les importaba demostrar su verdadera naturaleza. Su moral era bastante compleja; se utilizaban encantamientos para llamar a estos seres para solucionar problemas, por lo que la bondad o la maldad de ese demonio dependía de quien realizara el encantamiento.
Los demonios en Mesopotamia eran espíritus de fuerzas caóticas o primordiales que podían hacer daño a humanos, pero también a otros espíritus. La mayoría se usaban como defensa mágica y, a diferencia de los dioses, no pertenecían a ningún panteón, sino que estaban compuestos por un cuerpo físico formado por aire. Los había violentos porque estaban relacionados con la guerra y se les representaba como bestias salvajes. Así que había demonios para proteger, para dañar o para combatir entre ellos. La gran mayoría eran amorfos y sin sexo, eran espíritus genéricos, aunque hay una distinción y la encontramos en Pazuzu, el rey de los demonios del viento que actuaba como protector frente a los ataques demoníacos de Lamashtu, un demonio femenino con poderes destructivos, como podemos encontrar en “Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia” de Jeremy Black & Anthony Green.
Pazuzu no es un demonio que posee a la gente como pudimos ver en la película de 1973 “El exorcista” de William Friedkin, quien lo convirtió en el enemigo de la humanidad al poder poseer a cualquier persona débil, sino que es un espíritu mucho más complejo e interesante y sus amuletos se utilizaban como protección desde principios del primer milenio a.C. hasta que la industria del cine lo trajo como la personificación demoníaca de la maldad, aprovechando el desconocimiento de estas culturas antiguas. No sé bien si realmente fue una estrategia religiosa para instaurar de nuevo el miedo en la gente y que se acercaran más a la religión cristiana o católica para obtener la salvación.
Pero estos dos demonios no fueron los únicos en Mesopotamia, ahí tenemos a Asag, un monstruo de múltiples cabezas y garras afiladas que provocaba enfermedades, traía plagas y miseria por donde pasaba. Alu, por ejemplo, era un demonio menor travieso que provocaba pesadillas, lo que hoy podríamos denominar como un espíritu burlón que en muchas ocasiones era invocado para dañar a los enemigos. Lilu era el demonio masculino asociado con la tentación y la seducción sexual. Los Utukku, que son considerados demonios fantasmas, son espíritus de los muertos que se levantan de las tumbas para perseguir a los vivos, aunque realmente su nombre se traduce como fuerte o potente y era invocado como espíritu protector por considerarse benévolo.
Girtablullu eran los hombres escorpión, señores de las tormentas y guerreros creados por la Diosa Tiamat para librar la guerra contra los dioses menores. Khumbaba era el guardián del bosque de cedros en la mitología sumeria, un gigante con dos cuernos, barba de serpiente, garras en los pies y cubierto de escamas. O, por ejemplo, Nergal, que, a pesar de ser un dios solar, al casarse con la Diosa Ereshkigal, se convierte en un demonio; era el Rey del Inframundo y el Señor de los Muertos en algunas fuentes. Aunque, según Karel van der Toorn en “Dictionary of Deities and Demons in the Bible”, simplemente fue demonizado en lecturas posteriores, no convertido originalmente en demonio. Nunca dejó de ser un dios en Mesopotamia, aunque sea infernal.
De hecho, sale hasta en la Biblia hebrea como dios de la ciudad de Cutah: "Y los hombres de Babilonia hicieron a Sucot-benot; los hombres de Cuta hicieron a Nergal; los hombres de Hamat hicieron a Asima" (2 Reyes 17:30). Por lo tanto, desde la época de la Antigua Mesopotamia, existen demonios que son realmente espíritus o entidades sin la maldad o la bondad definida y dioses que se convierten en demonios. Pero también hay demonios que son convertidos en dioses, como pasó con Nisroch, de ser un demonio considerado peligroso, en algunas ocasiones se convierte en dios, y esto fue porque, junto con su pareja Kenel, que era un súcubo al que le encantaba acostarse con humanos, hacían que la gente tuviera adulterios o incestos, algo que en esa época estaba penado con la muerte. Pero lo que llevó a que este demonio se convirtiera en dios fueron las orgías, porque el sexo en aquella época no estaba mal visto; a él se le llamaba para animar las fiestas sexuales, así que, entre bacanales y fiestas desenfrenadas, el demonio Nisroch comenzó a escalar puestos dentro de la jerarquía hasta que ostentó el título de dios. Los estudiosos aceptan la hipótesis de que el nombre de Nisroch es probablemente una corrupción textual, una variante o algún error de transmisión, quizá refiriéndose a otro dios asirio como Ninurta o Nusku. Black & Green (Gods, Demons and Symbols of Ancient Mesopotamia) nos habla de que no hay culto histórico a ninguna figura original llamada “Nisroch” en fuentes cuneiformes reales, pero la enciclopedia bíblica clásica sí habla sobre Nisroch como un “dios asirio” mencionado solo en la Biblia (International Standard Bible Encyclopedia).
Algo parecido pasa en Egipto, donde los “demonios” son criaturas sobrenaturales que mediaban entre dioses y humanos, algo que veremos más tarde con los Grigori, más conocidos como “los vigilantes” o “los hijos de Elohim”, esos ángeles que después cayeron tras la rebelión y que se mencionan en algunos textos apócrifos judíos y bíblicos. Partamos de la base de que en Egipto no existe una palabra para denominar a los demonios como en griego, que es "Daimon", pero sí la hay para denominar a un dios, que es "Netjer", el equivalente del griego "Theos". Los demonios en el Antiguo Egipto nunca fueron venerados, excepto en algunos casos en el periodo tardío, sino que más bien fueron bastante temidos por los humanos, porque del 715 al 332 a.C., los seres demoníacos ocupaban un lugar especial tanto en el culto personal como en la religión oficial.
Había legiones de demonios y se dividían en dos categorías: los que están relacionados con el tema funerario descritos en los papiros del periodo faraónico y las figuras demoníacas descritas en los papiros mágicos. La gente tenía una relación especial con sus dioses y les preocupaba mucho el tema de los seres sobrenaturales malvados que podían interferir en sus vidas. Muchas de estas criaturas eran híbridas y antropomórficas capaces de hacer el mal, pero también hacían el bien porque ayudaban a mantener el orden cósmico, por lo tanto, lo del bien y el mal es algo relativo. Algunos estudiosos dicen que son “una especie de genios” que acudían a ayudar a quienes los llamaban, convirtiéndose en muchas ocasiones en criaturas peligrosas y terribles.
Los primeros demonios realmente aparecen del 2030-1640 a.C., ya que antes, en Egipto, el culto a los dioses estaba concentrado por el faraón, pero en el segundo milenio algo cambió, todos podían participar de la vida religiosa de forma independiente y se llegaron a registrar cientos de clases de demonios distintos según un análisis hecho por una universidad del Reino Unido de figuritas y artefactos de criaturas extrañas encontradas. A estas criaturas se les denominaba “demonios” porque en Egipto, cualquier ser divino o espíritu que no era adorado en un templo y estaba en todas partes, se le consideraba de esta forma. Fueron muy admirados, pero también muy temidos. Por lo tanto, no hay palabra para definir a estas entidades o espíritus sobrenaturales a los que llamamos demonios en el antiguo Egipto, simplemente los escribas de la época remarcaban con tinta roja aquellas entidades que eran hostiles o consideradas malignas, imagino que a modo de advertencia o como algo a destacar. Entonces, la única forma de reconocer en el antiguo Egipto a un demonio es porque solo se les rendía culto a aquellas entidades que eran consideradas dioses.
Estas entidades, espíritus o seres sobrenaturales denominados "demonios" poseían poderes especiales limitados a su naturaleza, su reino estaba compuesto por una jerarquía de importancia y todos estaban subordinados a los dioses más poderosos, aunque fueran entidades con derecho propio. Con esto quiero recalcar que lo que conocemos como demonios en la actualidad es una percepción que nos ha llegado o se nos ha implantado, que está arraigada en nuestra sociedad y que, evidentemente, en la antigüedad no existe. Digamos que los demonios del antiguo Egipto eran entidades que estaban entre el orden y el caos, lo que los egipcios conocieron como "Maat e Isfet", lo que se podría traducir a día de hoy como luz y oscuridad o el bien y el mal, aunque claro está, esto es muy relativo dependiendo de las creencias de cada persona. Muchos de estos demonios antiguos eran simplemente "guardianes" que actuaban por orden divino o eran los vigilantes de las puertas del inframundo, por ejemplo. También podrían ser considerados como deidades menores que suelen ser dioses protectores, muchos de ellos de aspecto híbrido entre humano y animal. Esto también podemos verlo en culturas como Mesopotamia o Grecia, algo que el ser humano inventó para acercarse en el mundo físico a la divinidad y con el fin de humanizarlos para asemejarse a ellos.
En el libro de los muertos egipcios podemos encontrar a algunos como Ammunt, "la devoradora de los muertos". También se consideran seres demoníacos a todos aquellos que pertenecen o viven en el desierto, e incluso podríamos decir que Set es un demonio, solo que su culto es tan grande que es considerado y venerado como un dios. En Egipto, la gran mayoría de los demonios son masculinos, excepto algunos como los mencionados en el libro de los muertos, Ammunt, pero muchos de estos demonios además eran controlados por Diosas furiosas como Sekhemet, Diosas de aspecto salvaje y destructivo. Con el paso del tiempo, en las prácticas religiosas del periodo post-faraónico y la llegada de las nuevas culturas, Egipto quedó bajo gobernantes griegos y romanos, sobre todo en el periodo tardío ptolemaico, que es cuando se le atribuyen a los dioses egipcios tendencias demoníacas (desde el 332 a.C. hasta el 330 d.C.). Ciertos dioses y figuras importantes son demonizadas, como el dios Tutu, que pasa de ser un dios protector a ser apodado "el maestro de los demonios". Hay que tener en cuenta que la lista de dioses egipcios es muy larga, tan larga casi como lo fue la sumeria. Hubo una época en que se pudo contabilizar aproximadamente unas 2000 divinidades oficiales en el panteón egipcio. La gran mayoría de deidades, y con ellas también demonios, desaparecieron durante el reinado del faraón Akenatón (1353-1336 a.C.), ya que fueron abolidas todas las deidades para favorecer la adoración del dios Atón.
Después de su muerte se pudieron recuperar muchas de ellas, pero la gran mayoría terminaron por desaparecer. Sea como sea, no existe un panteón de demonios egipcios. La palabra demonio, como he mencionado antes, es un invento más moderno para describir un ser o entidad maligna, pero los egipcios no conocieron a los demonios como los conocen otras tradiciones. De hecho, en el año 2016, el egiptólogo Wael Sherbiny presentó en la Conferencia Internacional de Demonología Egipcia Antigua en la Universidad de Swansea (Reino Unido) su gran descubrimiento: la representación de demonios más antigua de todo Egipto, que data de unos 4000 años. Hallados en dos sarcófagos pertenecientes al Imperio Medio (2050-1750 a.C.) y en un rollo de cuero manuscrito donde se muestran a los demonios sustituyendo las cabezas de sus víctimas por las suyas propias. El manuscrito se encontró en los archivos del Museo Egipcio de El Cairo, donde estuvo guardado durante los últimos 70 años. Demonios ya conocidos como In-tep, que es un babuino con cabeza de perro; Chery-benut, que es una masa amorfa con cabeza humana; e Ikenty, que se muestra como un pájaro con cabeza de gato negro. Los textos vinculan la presencia de estos demonios a un templo dedicado a Thoth y al Dios Ra. Son como los guardianes de la entrada.
¿Entonces de dónde viene exactamente esta connotación maligna de los demonios modernos que conocemos? Pues esto se debe al pensamiento judío antiguo, que no tiene nada que ver con los primeros cristianos. Si nos remontamos atrás en el tiempo, hasta la antigua Grecia clásica para ser exactos, realmente es donde encontramos que los griegos denominaban “daimon” a los dioses, en especial a los seres intermediarios o dioses menores que actuaban como deidades tutelares a las cuales se les denominaba un poder sobrenatural impredecible y extraño que, de forma intrusiva, se utilizaba en la vida humana. Desde la época de Homero hasta la de Hesíodo es donde se le da un nuevo significado como espíritus guardianes o protectores personales que acompañan a cada humano, tanto para bien como para para mal, esto se puede comparar como algo parecido a lo que tenían sumerios y babilonios. Si tenías buena suerte y una buena vida es que tenías un buen daimon, si tenías mala suerte y una mala vida, es que tenías un mal daimon o un “Kakodaimon”, que es como se les llamaba, ya que incluso podían provocar enfermedades o locura. Cualquier persona tenía uno de estos y no eran vistos como encarnaciones del mal, sino más bien como un tipo de caprichosas criaturas a las cuales se les pedían favores y se les apaciguaba con ofrendas o sacrificios.
Kakodaimon proviene del griego antiguo: daímōn (δαίμων) para espíritu, genio, intermediario entre dioses y humanos; y kakós (κακός) para malo, dañino o adverso, así que no necesariamente era maligno. Podemos encontrarlos en fuentes clásicas como Hesíodo (Trabajos y días - Siglo VIII a.C.), Platón (Simposio y Apología de Sócrates - Siglo IV a.C.), Plutarco (De defectu oraculorum y De Iside et Osiride - Siglo I–II d.C.), Filón de Alejandría (De Gigantibus - Siglo I d.C.) o en fuentes académicas más modernas como Walter Burkert (Greek Religion), Sarah Iles Johnston (Restless Dead) o Jan Bremmer (The Early Greek Concept of the Soul) entre muchos otros.
Uno de los datos importantes lo tenemos cuando Pablo de Tarso en el siglo I anuncia en Atenas al Dios al que llamaban “Agnostos Theos - el Dios desconocido”, porque al principio el cristianismo simplemente era un conjunto de creencias y principios sin escrituras canónicas. Aunque esta presentación fracasó, siglos después fue la civilización griega quien impulsó el cristianismo como religión universal. De aquí deriva que con el tiempo los teólogos cristianos empiezan a concentrarse en los aspectos negativos de los daimones y ven en su naturaleza la de los dioses paganos, los cuales son considerados la encarnación del mal y del pecado.
Cuando la Biblia hebrea fue traducida al griego, usaron la palabra “daimon” para los dioses paganos híbridos, pero no la usaron para denominar a los ángeles, que también eran criaturas sobrenaturales que intercedían entre Dios y los humanos, aunque tenían la misma función que los daimones de los griegos. Esto se debe a que se consideran como daimones a los dioses de otras naciones o lugares, pero no a los seres de su propia religión, algo bastante hipócrita por su parte. De hecho, muchos de los textos precristianos hablan de la conexión de ángeles con demonios como el “Libro de Enoc” donde los vigilantes se aparean con hembras humanas engendrando a los Nefilim; esos gigantes que, al morir, sus almas se convertían en espíritus malignos o, como dice en los documentos de Qumrán, donde el espíritu de la injusticia se identifica con el ángel de las tinieblas.
Más tarde, en el Nuevo Testamento ya se menciona a espíritus malignos o demoníacos como Satán, el diablo o Beelzebú, y no sería hasta que el teólogo cristiano Taciano, allá por la segunda mitad del siglo II, identifica a Satanás y a los ángeles caídos como demonios malignos. La demonología es el estudio sobre las cualidades y la naturaleza de estos seres sobrenaturales. También trata del estudio de la jerarquía de estos demonios como parte de la disciplina teológica dentro de las religiones monoteístas, ya que se preocupaban por reforzar esas jerarquías de poder que iban a combatir las fuerzas del maligno y su séquito.
Según la RAE, un demonio es un diablo, representa el espíritu del mal y a todos aquellos que se rebelaron contra Dios, lo que hace alusión a los ángeles que cayeron. La RAE no habla de los demonios mesopotámicos ni de los demonios de otro lugar, creencia o religión porque no son ni ángeles, ni rebeldes, ni caídos, ni otro tipo de criatura que esté al servicio de una divinidad, porque moralmente estaban entre ambos, dioses y humanos; ellos decidían qué perspectiva tomar ante los humanos, ya fuera para favorecerlos o perjudicarlos. Por lo tanto, el demonio es mucho más antiguo de lo que se cree y no hay que confundir demonio con la imagen que se le dio al diablo cristiano, porque son dos cosas distintas; el diablo fue un invento de los humanos.
Entre 1280 y 1320, el demonio pasó desapercibido hasta la llegada de la caza de brujas, aunque el papa Juan XXII fue uno de los primeros en promover la demonología (1316-1324). A principios del siglo XIV surge la obsesión por estos seres o espíritus sobrenaturales llamados demonios y surge el manual más conocido en la historia usado por la inquisición, “el Malleus Maleficarum o Martillo de las brujas” (1486). Esta “Biblia de las brujas” era un manual donde decía cómo identificar, dar caza y castigar la brujería. Se enfoca sobre todo en las mujeres por ser más crédulas, propensas a la malignidad y embusteras por naturaleza.
Se consideraba que las brujas hacían un pacto con el diablo mediante una ceremonia donde se firmaba un contrato con sangre a cambio de poderes sobrenaturales. Así, desde la prehistoria hasta la baja Edad Media, encontramos que del nacimiento de estos espíritus sobrenaturales que pertenecen a la naturaleza, a quienes se invoca para hacerles la vida mejor a los habitantes de la prehistoria, evolucionan hasta convertirse en dioses y demonios que también ayudan a la sociedad. Pero todo cambia en plena Edad Media cuando surge la burguesía, aumenta la población y la Iglesia católica se expande. Es entonces cuando hay una necesidad de controlar a los habitantes de esas nuevas urbes o ciudades urbanas, creando un ser maligno para poder manipularlos y eliminar sus creencias paganas. Es en este momento donde la Iglesia inventa la gran mentira del diablo para poder combatir otras religiones hasta su exterminio.
De hecho, hasta el siglo XI en las imágenes del diablo predominaba una apariencia humana (aunque existen imágenes monstruosas anteriores). Existe un manuscrito que está en Alemania, en la biblioteca de Tréveris, se llama el “Apocalipsis de Trier”, data del 800-825, tiene 74 miniaturas y se considera uno de los apocalipsis más antiguos y completos que aún existen en la actualidad. En esta versión ilustrada del libro del apocalipsis podemos encontrar grabado la lucha del arcángel Miguel con los ángeles rebeldes. Todos tienen el mismo aspecto, no hay distinción entre ellos, excepto una. En este grabado se ve al diablo como un dragón y a los ángeles rebeldes como hombres con alas sin aureola divina. Es entonces cuando al diablo se le empieza a representar de forma más monstruosa, porque a partir del siglo XI es cuando empieza la lucha por el poder a nivel político y eclesiástico. Necesitan la imagen de un ser horrible al que temer que subyugue a hombres y mujeres.
Esto ocurre gracias a monjes y teólogos medievales que mezclan la cultura popular y el paganismo para crear a este ser del cual deriva el Dios Pan. Después, con la llegada del cristianismo al norte de Europa, reforzaron esta imagen con el Dios Cernunnos. Así que la Iglesia inventa una criatura maléfica y monstruosa para combatir a todas estas religiones paganas con grandes influencias en la gente de la época; la griega, la romana y la celta. De ahí sale el diablo que es una mezcla de varios dioses paganos: la cola y los pies de chivo son del Dios Pan, los cuernos de Cernunnos y el tridente de Poseidón.
También se escogería a la hija del nórdico dios Loki y de la giganta Angrboda para colocar al diablo. Hel era la Diosa que gobernaba el inframundo y los muertos. Su nombre fue asociado posteriormente al concepto del infierno en la tradición cristiana, ya que asociaron el nombre de Hel con "Hell", que significa infierno en inglés, así se le dio un lugar al diablo. Todo esto no fue de golpe, sino que se creó de forma gradual mientras se consolidaba el poder papal. Así es como se forjó la imagen del diablo, que es totalmente cristiana, y se le dio el nombre de Satanás, que en hebreo hace referencia al adversario o el acusador. Un término usado por diferentes culturas antiguas y tradiciones religiosas como el judaísmo, el cristianismo o el islam.
El concepto de Satanás como una figura maligna se incrementa en textos judíos y cristianos posteriores; incluso se le ha llamado de esta forma a la serpiente del Jardín del Edén, aunque no aparece en la Biblia Hebrea o en el Antiguo Testamento. Retomando la imagen y esencia de los demonios a lo largo de la historia, a alguien se le tiene que atribuir la maldad que siempre ha existido tanto en la naturaleza como en el ser humano: desastres naturales, plagas, guerras, violaciones, enfermedades o asesinatos, entre muchos otros. Para los antiguos, siempre fueron culpa del demonio, pero nunca vieron que ellos proyectaban esa maldad en esa figura que no dejaba de crecer, como he dicho al principio, en nuestra mente colectiva, y donde fueron quedando reflejados según las culturas antiguas.
En el libro del Apocalipsis, capítulo 12, versículos 9 y 11, se dice que “a causa del sacrificio de Cristo y la fidelidad de sus seguidores, el diablo y los demás ángeles rebeldes fueron confinados en la Tierra sin posibilidad de retorno”. No sabemos en qué momento esto cambia y se hace tan popular que fueron expulsados al infierno. Los ángeles, antes de caer, ya estaban en la Tierra y muchos de ellos vivían en el Jardín del Edén. En el Libro de Job encontramos a Ha-Satán, el adversario cuya misión es obstaculizar a los humanos. Para los persas y el zoroastrismo encontramos a Angra Mainyu, más conocido como Ahriman, señor del caos y la oscuridad, el destructor y la fuente de todos los males del mundo.
Para los esenios, que eran una secta judía de mediados del siglo II a.C., Dios creó dos espíritus en los seres humanos: la luz y las tinieblas. Satán era considerado la personificación del mal y los demonios estaban bajo su poder, así que los envió a poseer a los que estaban en las tinieblas para cometer actos malignos (Los Rollos del Mar Muerto - Qumrán). Los esenios dieron nombres simbólicos a estos seres y Belial sería quien dirigiera a los hijos de las tinieblas en la batalla final. Así se forjó una jerarquía de demonios con funciones como una corte de la nobleza, donde muchos dioses antiguos pasaron a formar parte de esa lista, como Beelzebú, entre otros.
En el libro de los Jubileos se habla del diablo como Mastema, que se convirtió en el tentador de la humanidad; él fue quien intentó tentar a Abraham para sacrificar a Isaac. Para el Nuevo Testamento, Satán gobierna el mundo y los demonios son sus agentes o una especie de representantes. Son los que atormentan a la humanidad y, según el evangelio de Juan, los judíos nunca pueden alcanzar la salvación porque son hijos de su "verdadero padre, el Diablo". A lo largo de la historia, los demonios han sido retratados en infinidad de mitos y leyendas, tantas que no cabrían en esta primera parte del artículo. Porque no he mencionado al más famoso de todos los demonios, como es Lucifer, que se volvió el más popular de la Edad Media y hasta hoy sigue ganando adeptos.
También encontramos demonios árabes más conocidos como los Yinn (genios), espíritus hechos de fuego que pueden comer, beber, dormir, reproducirse y tener libre albedrío. Pertenecen a la mitología preislámica y una vez fueron dioses menores que la teología musulmana adaptó a su pensamiento. En el hinduismo y el jainismo encontramos a los Asuras, que luchan contra los Daevas para conseguir el elixir de la inmortalidad. En el budismo, los demonios son fuerzas que impiden que los humanos alcancen el Nirvana, y en el sintoísmo japonés están los Yōkai, que son seres sobrenaturales tipo duende o monstruo; los Oni, que sí son descritos como demonios violentos y crueles; o las hannya, que son las almas de las mujeres que se han convertido en demonios por la obsesión o los celos. Pero no creas que todo pertenece a la historia y los documentos sobre religiones o culturas antiguas, sino que el folklore se encargó de dejar un legado sobre demonios para las futuras generaciones.
Algunos de los mitos, leyendas y cuentos populares que habitan en el folklore son muy conocidos, otros no tanto, así que empecemos por Asag, un demonio sumerio que se encargaba de matar con fiebres y enfermedades. Flauros, un demonio que encontramos en el listado de los demonios de Salomón y que quemaba vivas a sus víctimas. Leyak es un demonio balinés que ronda los cementerios, se alimenta de cadáveres y caza embarazadas para chupar la sangre a sus hijos. Abaddon es el que gobierna el abismo y puede enviar plagas de langostas para atormentar a la gente. Lilith es uno de los demonios femeninos más conocidos de toda la historia, procede de Sumeria, aunque los judíos le dieron una connotación negativa como Madre de los Demonios. En el Zohar se la menciona dos veces: una, como un ser maligno ligado a la perversión que traía enfermedades a los nacidos de las uniones entre los hombres, y otra, como la contraposición de Eva (Iojai, 1992, p. 107).
También hay historias sobre el Krampus, Belfegor, Buer, Cerbero, Eurínomo, Belcebú, etc. Pero hubo algunas historias que quedaron grabadas como fantásticas en la mente colectiva, como Dante y su descenso al infierno o el famoso Mefistófeles, mano derecha de Lucifer. En la “Divina Comedia” vemos el viaje de Dante por el infierno, que está estructurado en nueve círculos, y en el último encontramos esa sala de Lucifer, que es la antítesis de Dios y de todo lo divino, de ahí el aspecto con que lo ve. Su castigo era pagar por querer alcanzar el poder divino, él es quien castiga a los traidores y los desleales. Se encuentra con personajes como Judas Iscariote, Marco Junio Bruto y Casio Longino, pero el Lucifer de Dante no interactúa con ellos. Los personajes sí se acercan lo suficiente como para encontrar una salida y alejarse del mal, iniciando una especie de ascenso que hace alusión a la purificación del alma para volver al purgatorio, donde todo comenzó, dando también a entender que, posiblemente, a través de la sabiduría vivida en el infierno y de Lucifer, se alcanza la iluminación.
Porque Dante, después de haber vivido lo más despiadado de la humanidad por los niveles del infierno, solo le queda tener esperanza para alcanzar la redención; por eso, al final del viaje, en el Canto XXXIV del Infierno, en el verso final, dice: “Y salimos a ver las estrellas”. Las estrellas son su punto de referencia, su guía hasta alcanzar lo que está buscando, que es llegar hasta el paraíso. Toda esta historia de Dante no es más que algo con lo que reflexionar, ya que todos vivimos en nuestro propio infierno y todos luchamos contra nuestros propios demonios. Si realmente nos enfocamos en esa “estrella” como Dante, seremos capaces de llegar a esa iluminación, deificación o paraíso que nos pertenece. También te hace cuestionarte ese Lucifer del noveno círculo, esa antítesis que marca un antes y un después en tu vida, una energía adversarial que está ahí para ponerte a prueba y que será mala dependiendo de la percepción que tengamos cada uno de nosotros. Si quieres creer que es la personificación del mal, realmente lo será, y si quieres creer que es quien te ayudará a alcanzar “tu estrella”, también lo hará.
Otra de las historias famosas o de los demonios que perduran a lo largo de los tiempos es la de Mefistófeles, también llamado Mefisto, encargado de capturar almas para Satanás y que, según el folclore alemán, este demonio cobra importancia en el Renacimiento. La realidad es que, tras estudiar la mitología germana, historiadores sacaron la conclusión de que la grafía de Mefistófeles deriva del hebreo ץיִפֵמ (mêp̄ îṣ) que significa "disperso", y de tophel, abreviatura de ֶ רֶקֶשׁ לפט (tōp̄el šeqer) que significa "que reluce mentiras", esto se puede leer en el diccionario etimológico. También se dice que Mefistófeles es una combinación de tres palabras griegas: μή (mḗ) como negación, φῶς (phõs) que significa "luz", y φιλις "philis" que significa "amante", que unidas significan "no amante de la luz" y que seguramente sea una parodia en latín a Lucifer o el portador de luz. Algunos de sus nombres conocidos son el de Mefotofiles, el enemigo de la luz, Mefaustofiles, el enemigo de Fausto o Mefiz-Tofel, el destructor de mentirosos refiriéndose a las mentiras de Jehová.
Es un demonio presentado como una versión refinada y elegante del mal con la única misión de hacer que la gente deje de pensar que Dios es el centro de todo. Sobre él se escribió la gran obra de Goethe, donde se le aparece al Dr. Fausto, que decide venderle su alma a cambio de sabiduría, rejuvenecimiento y amor. Fausto cree que hacer este pacto es la única forma de salir de su cutre y frustrada vida. Se cree que esta obra se inspiró en Johann Georg Faust, un mago y alquimista del siglo XV, aunque después hubo versiones renovadas de esta historia y reinterpretadas, por eso es difícil decir de dónde surge este mito exactamente.
La primera obra impresa del mito de Fausto se llama “Historia von Ihoan Fausten”, de autor desconocido y se publicó en Frankfurt por Johann Spies en 1587. Cuando se traduce del alemán al inglés en 1592 se le puso el título “The History of the Damnable Life and Deserved Death of Doctor Iohn Faustus” (“La historia de la vida condenable y muerte merecida del doctor Juan Fausto) y esta leyenda sirvió después para que Cristian Marlowe en 1600 se inspirara en “The Tragical History of Doctor Faustus” (La trágica historia del Doctor Fausto), historia que habla de la relación que tiene el hombre con el demonio, creó una gran repercusión en aquella época en todos los aspectos y esto llevó a que parte de su historia permaneciera casi intacta.
Por lo tanto, esta leyenda posiblemente fue modificada en alguna de sus versiones porque se cree que está basada en una fuente más antigua escrita en latín. Una obra de dos partes donde la primera habla del pacto y los pecados de Fausto para desviarlo del camino del bien, tratando de destruir sus principios morales. En el pacto, Mefistófeles servirá a Fausto mientras él viva, y después Fausto le servirá a él en la otra vida. En esta primera parte surgen una serie de desgracias y, en la segunda parte, Fausto se lanza a la aventura sin importar lo que ha hecho o el dolor que ha causado.
Es en esta segunda parte cuando visitan diferentes lugares mágicos, como el aquelarre de la noche de Walpurgis en las montañas de Hartz; allí Fausto conoce a Lilith y, cuando le pregunta por ella, Mefistófeles le contesta: “Es la primera mujer de Adán. Guárdate de su hermosa cabellera, la única gala que luce; cuando con ella atrapa a un joven, no le suelta fácilmente”. Al final, todo termina con la salvación de Fausto; Mefistófeles, al reclamar su alma, se da cuenta de que ha perdido la apuesta porque Fausto, en su arrepentimiento, consigue que su amada Margarita venga a auxiliarlo y lo libera del compromiso de servir al demonio para toda la eternidad. Esta obra tiene tantas interpretaciones como personas. Muchos creen que Mefistófeles vino a corromper a Fausto, y otros piensan que vino a servirlo; tal vez él solo se acerca y recoge las almas de los que ya están condenados, porque no se puede corromper a una persona que tiene su mente o alma ya corrompida.
Estas dos obras, bajo mi punto de vista, te hacen pensar entre el bien y el mal. Me hacen ver una retrospectiva de cuándo alguien decide qué está bien, cuándo se decide qué está mal y en qué momento esa maldad descrita por los humanos o esa figura maléfica se le atribuye al demonio. Si lo pensamos bien, después de haber observado el carácter que tenían estos espíritus antiguos, nunca se pararon a pensar en si eran buenos o malos; lo único que la gente sabía es que eran necesarios para ellos. Por lo tanto, la idea del bien y el mal proviene de la tradición judeocristiana, que fue la primera tradición que los separó en seres de luz y oscuridad, en seres buenos o malos. Según el cristianismo, el mal nace de la ausencia de Dios y cada decisión que el ser humano toma que lo aleja de él, lo lleva hacia el mal. Por eso a los ángeles caídos se les da la connotación de demonios, porque al caer intentan alejar a los humanos de la voluntad de Dios, intentan que vean la verdad. Pero esto no solo pasa en el cristianismo, sino también en otras religiones como el islam o el judaísmo.
Esta historia de la caída de Lucifer fue la que dio pie a las demás. En el Corán encontramos la misma historia pero con Alá y un Yinn llamado Iblis que, por no arrodillarse ante él, fue expulsado a los infiernos para esperar el juicio final y donde trataría de corromper las almas de los humanos para alejarlos de su Dios. ¿Te suena esta historia? No es un ángel caído, es un demonio que se rebeló, fue un Yinn y fue condenado por no obedecer los designios de su Dios, convirtiéndolo en maligno. Digo que es un demonio porque es como se les denomina en muchas ocasiones, pero para los musulmanes los ángeles habitan en el Paraíso, los demonios en los infiernos y los genios habitan en el plano terrenal. De hecho, en el Corán se explica que la palabra "Yinn" se utiliza para referirse a aquellos seres creados con libre albedrío, semejantes en comportamiento a los humanos, y que tienen una naturaleza rebelde; no habla de que sean exactamente seres sobrenaturales, sino que son como nosotros.
En el Antiguo Testamento encontramos que el diablo convertido en serpiente tienta a Eva, comen del fruto prohibido (el fruto del conocimiento) y desobedecen las órdenes de Dios. A Eva se la etiqueta como la mujer del pecado original y lo que Dios ve como malo, en realidad no lo es; el diablo le enseña la verdad y les da libertad para escoger, algo que no tenían. ¿Esto es malo para quién? Para Dios, que ya no los puede controlar si tienen libre albedrío. Por lo tanto, el bien y el mal son un invento humano. Surge más o menos durante el primer milenio, donde la Iglesia Católica tuvo un papel importante durante los concilios de Elvira (300) y Letrán (1215). Aquí fue cuando la Iglesia se encargó de destruir los clanes paganos, eliminando de la historia tradiciones muy antiguas, usurpando el patrimonio de miles de personas, creando una moral retrógrada a su conveniencia, haciendo llegar a todo el que no se regía por su pensamiento que todo lo que se alejaba de Dios era malo y, por ende, debía ser castigado.
En muchos manuscritos médicos medievales se inventaron que las personas eran poseídas por el demonio cuando, en realidad, eran enfermos mentales con alucinaciones y brotes psicóticos que les creaban vómitos o contorsiones del cuerpo como la epilepsia. Muchos de estos enfermos fueron juzgados y condenados con penas de muerte. La gente decía que habían hecho pactos con el diablo porque las torturas eran tan brutales y sangrientas que no podían con su sufrimiento, preferían morir. Se inventaron una fantasía para seguir amedrentando a las gentes de los pueblos, para dominarlos con el miedo. Cientos de siglos de represión y manipulación de las masas echándole la culpa al diablo, cuando la maldad es algo que todos llevamos en nuestro interior, que es desatada por la codicia y el poder. Solo me queda decir que, después de estas líneas, he tratado de expresar mi humilde opinión sobre los demonios o lo que yo creo que son: que ni el malo es tan malo, ni el bueno tan bueno como lo pintan. Solo serán lo malos que tú realmente quieras que sean, porque nosotros somos quienes realmente les damos poder. Así que, si les tienes miedo, si crees que te han hecho algo o que un demonio va detrás de ti, pregúntate por qué. Tal vez en tu interior encuentres la respuesta de por qué piensas eso.
Parte 2: Demonolatría: el Culto al Demonio




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