«Qué tan lejos,
qué terriblemente lejos, lo había llevado la magia del Líder.» —Philip K. Dick, El Hombre en el Castillo.
Desde su regreso a la
Casa Blanca en 2025, Donald J. Trump ha reactivado una política exterior
caracterizada por el uso explícito de la fuerza, la amenaza permanente y una
retórica de dominación que desborda los marcos clásicos de la diplomacia
estadounidense. Bajo la bandera de la “seguridad nacional”, su administración
ha desplegado un patrón de actuaciones e intimidaciones que atraviesa
continentes y pone en cuestión los principios básicos del derecho internacional
contemporáneo. Este artículo examina, con datos verificables y fuentes
contrastadas, hasta qué punto ese impulso imperial está reconfigurando el orden
global y qué costes éticos, políticos y humanos conlleva.
1. Un
contexto de poder sin contención
Desde 2025, la
política exterior de Estados Unidos bajo Trump ha sido descrita por numerosos
analistas como excepcionalmente activa y agresiva. Informes de Forbes
Colombia señalan que la nueva administración ha combinado intervenciones
militares directas, amenazas abiertas de uso de la fuerza y una narrativa
expansionista sostenida en la defensa de los intereses estratégicos
estadounidenses. América Latina, el Ártico y Oriente Medio se han convertido en
escenarios de una misma lógica: la reafirmación de un poder que se concibe a sí
mismo como incuestionable.
Los patrones se
repiten con una claridad inquietante: operaciones militares con despliegue
naval y aéreo; detención o neutralización de líderes extranjeros; advertencias
explícitas de intervención; presión geopolítica sobre países aliados o vecinos;
y, como marco discursivo constante, la lucha contra el narcotráfico, el
terrorismo o supuestas amenazas a la seguridad nacional. La coherencia del
relato no reside en los hechos, sino en la voluntad de dominio.
2. Venezuela:
cuando la amenaza se convierte en acto
En enero de 2026, ese
patrón alcanzó su expresión más tangible. Las fuerzas armadas de Estados Unidos
llevaron a cabo una operación militar en Venezuela que culminó con la captura
del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, tras bombardeos selectivos y
acciones de fuerza en Caracas. Según la información disponible en diversos medios internacionales, la operación se integró en la denominada Operation
Southern Spear, bajo el mando del Comando Sur (SOUTHCOM), y fue presentada
oficialmente como una acción contra el narcotráfico y el “narco-terrorismo”.
El despliegue incluyó
buques de guerra, aeronaves y tropas especiales. La administración Trump
defendió la intervención como una respuesta legítima a redes criminales que,
según Washington, operaban desde el Estado venezolano. Sin embargo, organismos
de derechos humanos y expertos en derecho internacional cuestionaron de
inmediato la legalidad de la operación, señalando posibles violaciones de la
soberanía nacional y de la Carta de las Naciones Unidas, así como la ausencia
de un mandato multilateral que la respaldara.
Más allá de la
justificación oficial, numerosos analistas subrayaron motivaciones geopolíticas
y económicas: el control de recursos energéticos, la eliminación de un gobierno
hostil y la reconfiguración del equilibrio regional. La ONU y varios gobiernos latinoamericanos
denunciaron la intervención como contraria al principio de no injerencia, una
crítica que ya desarrollamos con mayor detalle en el artículo anterior de esta
revista, “Estados Unidos en Venezuela: ¿invasión ilegal o intervención legítima?”, al que conviene remitirse para un análisis jurídico más
pormenorizado.
3. Latinoamérica
bajo presión permanente
Tras Venezuela, el
discurso de Trump no se moderó; al contrario, se expandió.
En el caso de Cuba,
el presidente estadounidense advirtió que la presión podría intensificarse si
La Habana mantenía su apoyo a Caracas. Según Financial Times, aunque no
se anunció una intervención militar directa, la Casa Blanca habló abiertamente
de asfixia económica y del fin del suministro energético preferencial como
herramientas de coerción.
Colombia tampoco quedó al margen.
Declaraciones recogidas por Heraldo.es muestran a Trump refiriéndose de
forma despectiva al gobierno colombiano y sugiriendo que una intervención
militar sería “aceptable” si la producción de drogas no se contenía. La
respuesta de Bogotá fue inmediata y firme: rechazo total a cualquier injerencia
extranjera y advertencia de resistencia frente a una agresión, según informó SOFREP.
En México,
Trump volvió a insinuar el uso de “fuerzas” para combatir el narcotráfico. AP
News recogió la reacción del gobierno mexicano, que descartó de plano
cualquier invasión y defendió los mecanismos de cooperación bilateral
existentes. Los analistas coinciden en que una intervención armada en México
sería extremadamente improbable, no por falta de voluntad retórica, sino por el
altísimo coste político, económico y humano que implicaría para ambos países.
4. Más
allá del continente: el alcance global del impulso imperial
El radio de acción de
esta política no se limita a América Latina. Uno de los episodios más
reveladores ha sido el renovado interés de Trump por Groenlandia,
territorio autónomo danés de enorme valor estratégico en el Ártico. Financial
Times informó de que la administración estadounidense llegó a plantear el
uso de la fuerza como una “opción” para asegurar sus intereses en la región.
Las reacciones no se hicieron esperar: Dinamarca, Groenlandia y otros aliados
europeos rechazaron de forma contundente cualquier insinuación de violación de
su soberanía, como documentó The Guardian.
En Irán, en
medio de protestas internas y una crisis política persistente, Trump declaró
que Estados Unidos contemplaba “opciones muy fuertes” frente a la respuesta del
régimen iraní. Aunque no se produjo una intervención militar directa, TIME
subrayó que el lenguaje empleado fue interpretado como una amenaza velada de
acción coercitiva.
A esto se suman
informes sobre operaciones estadounidenses contra grupos yihadistas en países
como Yemen o Somalia, así como ataques puntuales en Irak, Siria o el propio
Irán, enmarcados en la lucha contra lo que Washington denomina “amenazas no
estatales”, según recogió Forbes Colombia. El denominador común vuelve a
ser el mismo: unilateralismo y uso preventivo de la fuerza.
5. Gaza,
Oriente Medio y la banalización del conflicto
En el caso de Gaza,
no existen evidencias verificables recientes de amenazas de intervención
militar directa por parte de Trump. La política estadounidense ha seguido
centrada en el apoyo a Israel y en presiones diplomáticas, sin anuncios de una
acción unilateral armada.
No obstante, resulta
significativo el tono con el que Trump y su entorno han abordado el conflicto.
En declaraciones recogidas por diversos medios, llegó a mencionarse la idea de
convertir Gaza en un enclave turístico de lujo —un “resort” mediterráneo— una
vez resuelto el conflicto. Más allá de su viabilidad real, la propuesta revela
una concepción profundamente instrumental del territorio y de la tragedia
humana que allí se desarrolla, reducida a una oportunidad económica futura.
6. Autoritarismo,
soberanía y el lenguaje de la fuerza
La suma de
intervenciones consumadas y amenazas explícitas dibuja una política exterior
que prioriza la imposición sobre el diálogo. La actuación en Venezuela y las
advertencias dirigidas a otros Estados reflejan una práctica que erosiona
principios fundamentales: la no intervención, la autodeterminación de los
pueblos y el respeto a la soberanía.
Organismos
internacionales y gobiernos de distintas regiones —incluidos países europeos y
latinoamericanos— han expresado su preocupación por esta deriva. Según debates
recogidos en foros y medios internacionales, la militarización sistemática de
los conflictos no solo no fortalece la paz global, sino que debilita las normas
que la sostienen.
El recurso constante
a la “seguridad nacional” funciona aquí como coartada. Como señalan análisis
académicos del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, ese marco
discursivo ha servido históricamente para justificar expansiones de poder que, en
la práctica, responden a intereses estratégicos y geopolíticos más amplios,
erosionando el orden internacional basado en reglas compartidas.
7. Una
lectura ética
El problema no es únicamente jurídico o estratégico, sino profundamente
humano. Cuando la política se articula en torno a la amenaza y la fuerza, el
otro deja de ser un interlocutor y pasa a convertirse en obstáculo. La violencia,
incluso cuando se presenta como preventiva o necesaria, genera más sufrimiento
del que pretende evitar.
Frente a esa lógica,
la contención, la escucha y la responsabilidad moral no son signos de
debilidad, sino de lucidez. La historia reciente demuestra que los imperios no
suelen caer por falta de poder, sino por su incapacidad para reconocer límites.
La grandeza, si existe, no se mide por la capacidad de imponer, sino por la de
renunciar a imponer cuando el coste humano es inasumible.
El recorrido de la
política exterior estadounidense bajo Trump deja una pregunta suspendida en el
aire: ¿hasta qué punto una nación puede mirarse al espejo del poder sin perder
de vista su propia humanidad? Tal vez no sea demasiado tarde para comprender
que la magia del líder, cuando se confunde con destino, suele llevar siempre
más lejos de lo que nadie imaginó… y nunca en la dirección correcta.
Firma:
Sangue Shi
Redactor Jefe de la Revista Loto Negro
Editor Jefe de Sangue Shi Ediciones
Administrador de ACE Post-Sexuality
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