Que en una democracia parlamentaria sea un rey quien recuerde el valor de la convivencia, la memoria histórica y la empatía política constituye, en sí mismo, una paradoja. Y, sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió la pasada Nochebuena.
El discurso se abrió con una mirada de largo alcance: cuarenta años desde la firma del tratado de adhesión de España a la Comunidad Europea y cincuenta años desde el inicio de la transición democrática. No se trató de un ejercicio de nostalgia ritual, sino de una forma de inscribir el presente en una genealogía política y moral: memoria, responsabilidad y futuro compartido.
El asombro como punto de partida
El discurso de Nochebuena de Felipe VI produjo algo poco habitual: sorpresa. No por su forma —sobria, medida, previsible, casi anodina— sino por su contenido. Hablar de democracia en un tiempo de desgaste democrático. Hablar de convivencia cuando la polarización resulta rentable. Advertir contra los extremismos, recordar de manera implícita el peso del franquismo en nuestra historia reciente y apelar a la empatía política sin refugiarse en la equidistancia fácil. Nada de ello debería ser extraordinario. Y, sin embargo, lo fue.
El Rey recordó que la transición democrática fue, ante todo, «un ejercicio colectivo de responsabilidad», nacido de «la voluntad compartida de construir un futuro de libertades basado en el diálogo». Subrayó algo que hoy resulta incómodo: que aquel proceso consistió en «avanzar sin garantías, pero unidos», transformando la incertidumbre en un punto de partida común. No fue una épica heroica: fue una ética del acuerdo.
La paradoja: una monarquía recordando la democracia
La actual monarquía parlamentaria española nace de una transición tutelada, con un origen históricamente incómodo. No es un secreto ni una herejía: es un hecho. Por ello resulta aún más llamativo que sea el actual Jefe del Estado —una figura no elegida por sufragio— quien verbalice con mayor claridad ciertos principios democráticos elementales que muchos representantes electos parecen haber relegado:
- la idea de España como proyecto común, no como botín ideológico
- la necesidad de memoria sin revancha, pero sin amnesia
- la urgencia de una política que no renuncie a la empatía
Al referirse a la Constitución de 1978 como «un marco lo suficientemente amplio para que cupiéramos todos, toda nuestra diversidad», y a la entrada en Europa como la voluntad de un país que quería «cerrar una etapa de prolongado distanciamiento», el Rey trazó un rechazo implícito pero inequívoco de la dictadura franquista y de cualquier tentación autoritaria posterior. Europa, recordó, «afianzó nuestras libertades democráticas».
No es un logro épico. Es algo más modesto y, quizá por ello, más valioso: enunciar lo obvio cuando nadie parece dispuesto a hacerlo.
Sentido común en tiempos de ruido
El discurso no fue revolucionario. Fue, en el mejor sentido del término, sensato. Felipe VI habló de una «inquietante crisis de confianza» que atraviesa a las sociedades democráticas, del hastío, el desencanto y la desafección que genera «la tensión permanente en el debate público», y advirtió que los problemas reales de la ciudadanía «no se resuelven ni con retórica ni con voluntarismo».
Señaló con claridad algo que muchos prefieren eludir: que «los extremismos, los radicalismos y los populismos se nutren de la falta de confianza, de la desinformación, de las desigualdades y del desencanto con el presente», y que no basta con afirmar que «ya hemos estado ahí», porque la historia, cuando se trivializa, tiende a repetirse.
En un contexto internacional marcado por conflictos brutales —Gaza, Ucrania, guerras olvidadas—, la insistencia en situar «la dignidad del ser humano, especialmente de los más vulnerables, en el centro de toda política» no es un gesto neutral. Es un posicionamiento ético mínimo. Y hoy, lo mínimo empieza a percibirse como mucho.
Mientras buena parte del debate público se desliza hacia la caricatura ideológica —o directamente hacia la mentira, el odio y la difamación—, el Rey optó por una línea incómoda para todos: «respeto en el lenguaje y escucha de las opiniones ajenas»; recordar que «las ideas propias nunca pueden ser dogmas, ni las ajenas amenazas»; y que avanzar exige acuerdos y renuncias «sin correr a costa de la caída del otro», porque España es, ante todo, «un proyecto compartido».
Eso, en sí mismo, constituye un acto político. Aunque no partidista.
¿Un baluarte? No. Un síntoma.
Conviene no exagerar. Felipe VI no es el salvador de la democracia ni su último guardián. Pero su discurso sí es un síntoma. Como recogieron medios internacionales y agencias como EFE o Euronews, el mensaje fue interpretado como una advertencia clara sobre la fragilidad de la convivencia democrática y la necesidad de ejemplaridad institucional. Al mismo tiempo, su recepción evidenció una profunda polarización: respaldo explícito desde PP y PSOE por su llamada a la convivencia, y críticas severas desde sectores de la izquierda y del soberanismo, que lo calificaron de genérico, antipolítico o alejado de problemas sociales concretos como la vivienda o la desigualdad.
Ese contraste resulta revelador. Cuando un recordatorio de principios básicos suscita aplausos y rechazo casi simétricos, el problema no reside tanto en el contenido del mensaje como en el ecosistema que lo recibe. Que el sentido común parezca emanar “desde arriba” y no desde la arena política cotidiana debería inquietarnos más de lo que nos tranquiliza.
La monarquía española, una vez más, se manifiesta como un elemento de contención frente al extremismo y la disgregación territorial que amenazan a nuestro país, a Europa y al mundo. Es paradójico, incluso incómodo. Duele —con razón— a los espíritus republicanos. Pero el contexto obliga a formular una pregunta incómoda: ¿sería hoy una república, en este clima político, un sistema de gobierno más sólido que el actual? No se responde con consignas. Se responde con reflexión.
Una lectura ética
Desde una mirada humanista —y también desde una ética de la atención—, el valor del discurso no reside en la figura que lo pronuncia, sino en lo que revela:
que la democracia no se sostiene únicamente con leyes, sino con actitudes
que la convivencia no se decreta, se practica
que sin empatía, la política degenera en gestión del resentimiento
que recordar lo esencial se ha convertido, hoy, en un acto incómodo
«El miedo solo construye barreras y genera ruido. Y el ruido impide comprender la realidad en toda su amplitud.»
El loto no crece en aguas limpias.
Crece en el barro.
Y florecer, a veces, consiste simplemente en no seguir ensuciando más.
Tal vez no estemos ante el último baluarte de la democracia. Eso sería afirmar demasiado, sobre todo si se tiene en cuenta que Felipe VI es heredero de un corrupto en serie bien conocido. Pero también es cierto que, desde el inicio de su reinado y de forma más visible en los últimos años, ha tratado de marcar distancia con su antecesor, implicándose en crisis humanitarias y manteniendo un discurso institucional más sobrio y conciliador, dentro y fuera de España. Eso no redime el pasado. Pero importa.
Felipe VI no es ningún baluarte. Es un recordatorio incómodo. Y en tiempos de estridencia, recordar lo esencial —aunque proceda de una paradoja— ya constituye un pequeño logro. Los pequeños logros, cuando se cuidan, pueden evitar grandes derrumbes.
Firma:
Sangue Shi
Redactor Jefe de la Revista Loto Negro
Editor Jefe de Sangue Shi Ediciones
Administrador de ACE Post-Sexuality

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