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Yo también soy un as… pero no de los que se juegan en la cama (Justiciera de Marte, 2026)

Sobrevivir en un espectro que la sociedad todavía no sabe leer



No sé cuándo apareció la primera persona asexual sobre la faz de la tierra, ni me voy a poner arqueológica con eso. Lo que sí sé es cuándo apareció la primera persona asexual dentro de mí: el día en que descubrí que lo que yo sentía —o más bien lo que no sentía— tenía nombre. Y ese día algo se acomodó. Como cuando por fin encuentras la palabra exacta que llevabas años buscando en la punta de la lengua.
 
Porque seamos honestas: la sociedad tiene un goal muy claro para cualquier interacción con potencial romántico, y ese goal se llama «cama». Te lo venden como la validación suprema, la conexión más profunda que dos personas pueden alcanzar, el examen final de toda atracción. ¿Te gusta alguien? Genial, ahora acuéstate con esa persona para comprobarlo. Y a mí, sinceramente, esa lógica nunca me cuadró. No porque no lo haya intentado —lo he hecho, he tenido relaciones sexuales— sino porque, hecho el experimento, la revelación nunca llegó. No sentí el estallido cósmico que prometían. Y durante mucho tiempo pensé que el problema era mío.
 
Con el tiempo entendí que el problema, si acaso, era del guion. Alrededor del sexo hay toda una industria, un aparato de consumismo y capitalismo que necesita convencerte de que el deseo sexual es el termómetro de tu valor como persona. Cuestionar eso no es un capricho filosófico de sobremesa: es prácticamente un acto de resistencia económica. Quien no compra la narrativa, no compra el producto.
 

Un espectro, no una etiqueta única

 
Aquí conviene detenerse, porque es justo donde más se malinterpreta todo. La asexualidad no es una casilla cerrada ni un club con un único carné de socia. Es un espectro: una franja larga que va desde la ausencia total de atracción sexual hasta experiencias más intermitentes, condicionadas o de baja intensidad, con paradas intermedias como la demisexualidad o la grisexualidad. No hay una sola manera de ser ace, y esa es precisamente la parte que la conversación pública se sigue saltando.
 
La red AVEN describe el espectro asexual como aquel en el que la atracción sexual hacia otras personas está ausente, o se experimenta con poca intensidad, poca frecuencia, bajo condiciones muy específicas, o incluso de forma fluctuante en el tiempo, y aclara que esto no equivale a celibato, a no sentir deseo, a no enamorarse ni a no poder excitarse. (AVENes, Red para la Educación y Visibilidad de la Asexualidad, es.asexuality.org)

Es decir: haber tenido pareja, haber sentido admiración estética por alguien famoso, haberte enamorado —nada de eso te saca del espectro. Y, sin embargo, es justo lo primero que me sueltan cuando comento que soy asexual: «pero si has tenido parejas», «pero si te parecen guapos algunos artistas», «pero si a ti te ha gustado gente.» Como si la atracción estética, romántica o afectiva fuera intercambiable con la sexual. No lo es. Y la confusión no es mala fe, casi siempre: es simplemente que la información sobre esto sigue siendo escasa, incluso dentro de espacios que se consideran informados.
 

Dejar de decepcionarme a mí misma

 
No siempre lo dije sin culpa. Hubo una época en la que nombrarlo me pesaba, porque sentía que decepcionaba a mis parejas, a mis vínculos, a mí misma, por no funcionar «como los demás». Ese guion de la decepción es exactamente lo que se desarma cuando empiezas a rodearte de otras personas asexuales. Ahí fue cuando entendí lo más importante: que cada quien vive su asexualidad de una manera completamente individual, que ninguna experiencia es calcada de otra y que, aun así —o precisamente por eso—, tenemos muy pocos referentes públicos con los que identificarnos. Por eso creo que a las personas asexuales nos falta hacernos más visibles, no para encajar en un molde nuevo, sino para que existan más moldes.
 
Mientras la sociedad no se anime a cuestionar su propia sexualidad, a estudiarla, a dejar de asumir que es un dato fijo y evidente sobre sí misma, la asexualidad va a seguir siendo tratada como una rareza en lugar de como lo que es: una orientación tan legítima como cualquier otra, solo que todavía invisible. Y lo invisible no es lo mismo que lo inexistente. Es, simplemente, lo que todavía nadie se ha molestado en mirar bien.


Firma:
Justiciera de Marte
Psicóloga y Activista en: 

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